sábado, 2 de octubre de 2010

Me sucedió en París a mí mismo y ahora le ocurre a quien escribe estos diarios.


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Comencé a escribir y yo estaba en París.


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Escribes estos diarios como te sucedió en París, ¿recuerdas?, en el Jardín de las Tullerías. No supiste dónde conducían esos tentáculos enormes que de pronto irrumpieron en aquella plácida tarde de otoño y que fueron, en definitiva, anotaciones de un diario. Estabas junto a M. y nunca antes habías pensado en escribir diarios y menos, mucho menos, en que otro se encargaría de hacerlo.

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Los observas detenidamente. Uno en París, otro sentado escribiendo con efusión unos diarios. Los dos con la mano agarrada a M., con fuerza. Los dos, desaforados, entregando la vida a las letras, a las hordas de la ficción. Los dos, figuras especulares, cóncava y convexa. Los dos, observando los tentáculos de la palabra.