martes, 12 de octubre de 2010

Cómo surge no lo sé, tampoco de qué forma. Con Heráclito pienso que el camino de ida y de vuelta es el mismo. Es el hombre el que trueca su paisaje interno, el que revoca su estampa avejentada y el que supura anhelos y deseos que nunca serán cumplidos. Es el hombre el que proyecta fuera de su cauce, el que sueña más allá de la razón que nos otorgaron y el que piensa que sus huesos y sus ojos verán más allá de su muerte. Siempre los arboles estuvieron en el alma.
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Creo que fue en París donde conocí la literatura y el amor en un mismo acto. Es difícil y obsceno soslayar en París la dimensión de la literatura en el centro de uno mismo. Es difícil no tomar un café en Saint-Germain des Prés y desenvolverse en la poética de lo que nos sustancia. Sus calles repletas de ausencias, sus jardines adocenados por los vericuetos del cielo, su piedra, su piedra estática y de fervor. Fue en París, además, donde perdí la palabra por varios días después de leer en los Cuadernos, de Valéry, “la música es la superación del pensamiento articulado”.

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Creo que en París, definitivamente, como dice Spinoza, la verdad se pone de manifiesto. Aunque un poeta, un hombre, pudiese poner la verdad de manifiesto o la revelara o intuyera jamás lo sabría, ni mucho menos, sabría cómo explicarlo.

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El otro día le dije a un alumno que analizara la siguiente oración: “El perro ladró inquieto detrás de la puerta”. El alumno de marras se levantó de su asiento y, con tranquilidad, la analizó impecablemente. A sabiendas de su timidez, le dije que se quedara por unos minutos en la pizarra y que comenzara a pensar en un país extraño y con unos personajes extraños también. Al cabo de unos minutos, le propuse que me escribiese una historia en que ese perro tuviera alguna participación. El alumno no sabía que era el comienzo de un relato de Chéjov titulado "Luces".

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"La idea es totalidad del estar determinado en sí". Esta frase la tengo anotada en el cuaderno de notas que me llevé a Italia este verano. Esta escrita junto a otras sentencias de Hegel que fui espigando de su Estética pocos días antes de comenzar el viaje. Estuve, a principios de julio, leyendo enfervorizado la obra de Hegel, porque creo que hay mucho en ella que debe ser restituido y recompuesto en el ideario común. Muchos han querido que esta obra se reduzca a un salmo desbocado del espíritu y a una entelequia propia de la época romántica. Nada más lejos de la realidad. A muchos intelectuales del momento y a muchos artistas de esta década, les sorprendería encontrar en esta obra pensamientos tan inexpugnables como el que principia este texto de entonces que sigue siendo magma de ahora.