sábado, 23 de octubre de 2010

Eres cintura en fa menor, violín; rumor y aullido eres contrabajo; el alterno fecundo eres viola; la noche condensada, el violonchello.


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La tarde puede macerarse con formas embaucadas o con la tontuna de este tiempo. Sólo hay que observar en una cafetería –ese reducto familiar en que se vocifera- cómo actúan los ciudadanos. La mayoría grita y realiza aspavientos con los brazos como si sus palabras fueran las más pletóricas en sentido y plenitud. Otros tantos hacen de sus conversaciones recortes de titulares de prensa que repiten sin conciencia y sin acritud, es cierto, pero sí como un discurso insomne. Acusan a una idea y a otra de ser las culpables de lo que les pasa, sin tener en cuenta que ya Camus advirtió que el hombre no puede estar al servicio de las ideas, sino las ideas al servicio del hombre. Y es eso lo que les sucede a la mayoría, sucede que se cansan de ser hombre, como el verso de Neruda, porque nunca se han parado a contemplar qué hacen aquí y qué son. Estas reflexiones, que en ningún punto son profundas (porque lo necesario no es profundidad) son las que faltan en esta sociedad de rapidez y desmesura por hacer la vida.
Todo se ha desustanciado, incluidos los hombre, todo ha caído en el cómo hay que vivir y en el cómo hay que realizar los trabajos y los mundos. Nos hemos olvidado de lo que recorre el interior de los materiales que nos acechan y persiguen, de los que nos hace hombre, de las acciones, sean estas artísticas o simples confidencias en un bar. Nos hemos olvidado de nosotros mismos. Y contra eso lucho a diario, porque no parezca que obedezco la voz de los contrarios a la vida y la voz indiscutible de los que creen tener en propiedad la conducta de los hombres que habitamos de momento. Lucho contra la estulticia diaria y la vanaglira, por no parecer un adocenado y pendenciero trabajador, por no pertenecer a ningún dictado ni a ningún prejuicio y, por supuesto, por otorgar a lo importante su importancia, a lo necesario su tiempo como es debido.