martes, 5 de octubre de 2010

Antes de ir a la estantería para abrir Libro del desasosiego, de Pessoa, pretendo recordar el pasaje en que el autor relata cómo se queda sólo, en la oficina, mientras todos sus compañeros de trabajo acuden a almorzar a la calle. Me resisto y quiero recordar que la situación bien pudo pertenecer a un fragmento de los Diarios, de Kafka o que, simplemente, he tenido el recuerdo del propio kafka creyéndose Pessoa.
Esta náusea física, como digo, náusea del alma como si nos hubiesen robado el poder ser antes de que todo sea, me hace levantarme y buscar el libro. Cuando caigo en la cuenta de que el libro está en la mesa del sótano, comienza a desarrollarse una bifurcación de la náusea que me lleva a escribir esto que lees a continuación: incluso hablar, hacerlo sin demora y sin límites sobre los temas más peregrinos, es una concesión demasiado generosa con los demás. Niego la palabra por modestia y por respeto, niego el diálogo si no es para la mayéutica.
Por las escaleras, expulso de la cabeza aquellos pensamientos que me impiden encontrar el libro con la celeridad que requiero. Pienso. El tedio del futuro es aún más melancólico cuando los ojos rezuman otredad; los propios ojos, expulsan trementina. Agarro el volumen y vuelvo por las escaleras al salón de la casa. Lo hago todo cn grandes zancadas, saltándome los escalones.

***
Envidio a todo el mundo no ser yo. Hoy, por ejemplo, cuando todos han ido a almorzar después del trabajo, me he quedado en la oficina, pero, ¿ no estaba con ellos, allí, con el pensamiento?”, escribió el portugués.