lunes, 18 de octubre de 2010

La honestidad ha quedado relegada en este diario como una sonata de Schubert perdida entre los mirtos y entre helechos de azufre. Trae la tarde una ascuas prendidas de no sé qué inocencia con esta música de piano que me supera y trasciende de tan remota sensibilidad, que he contemplado cómo la articulación de las palabras son devaneos y relámpagos en los espejos que nos figuran. Somos derretidas presencias en lo vacuo y eso nos basta y ensimisma.

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En esta paz de arena tornasolada y viva en la quietud, en esta sed que arrastro de mares y de verbos, miro el mundo como nuevo, escribo el mundo como antiguo.

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¿Qué soledad tan pétrea y furibunda existe en la música de Mahler; qué profunda letanía e incredulidad?

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Las últimas semanas las empiezo leyendo poesía. He comprobado que ese ejercicio reverbera seguidamente hasta el final y la huida. Leo poesía, además, desde el apeadero de un tren durante algo más de una hora, en vilo, en incierta estación del ser. Lo hago cada mañana, cuando la palabra parece amanecida y rociada, trémula de luz y de verdad, cuando edifico al individuo que palpita tras este cuerpo.
En estos días, leo al poeta A.G.L. por cuestiones que no vienen al caso. Sin embargo, ha sido un descubrimiento al punto que ha jalonado esa agrafía que me tenía atrapado. Supuro cada día versos de memoria, escribo en una libreta, emborrono anotaciones con leves versos que se precipitan púberes. Incluso me hace reír a carcajadas mientras escribo poemas. Nunca antes me había ocurrido esta risa mefistofélica.
Como nací bruto, leo la obra completa, que se divide en tres extensos volúmenes. En todos ellos, desde el primer verso, hay una enseñanza: la Literatura.

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M.A.G me cuenta una anécdota propia de un relato de Kafka. Decía que, acostumbrado a andar por el campo sin derroteros predeterminados y a que sólo lo detengan la lluvia y las inclemencias del tiempo, se quedó turbado cuando quiso atravesar una avenida en Sevilla y un semáforo se lo prohibió. Por unos momentos, dijo, se quedó meditabundo y obsoleto por aquella maquinaria que organizaba el paso a los transeúntes. Miró el aparato, al gentío que tenía enfrente esperando el verde y una trágica sucesión de absurdo lo invadió de pronto, dijo exaltado. Cuando paseo por el campo, -seguía diciendo-, me detengo en este, aquel árbol, en el canto de una rapaz o en la floritura sobre la tierra de las plantas. En definitiva, soy instantánea sobre la tierra, como lo es el hombre.