jueves, 28 de octubre de 2010

Antes de volver al congreso en el que estoy participando, quiero dejar recogidas algunas impresiones que no dejan de azuzarme desde hace unos días. La primera cuestión se refiere a los profesores escritores y a lo que es más grave, los poetas escritores. Piensa, una mayoría, que hay que leer más poesía. Y ante esa opinión siempre les digo que mencionen una época posterior a la que la oralidad era la forma de transmisión, en que hubiere un número masivo de lectores de poesía. La segunda es la distante posición de algunos poetas que se piensan por encima de otros, que se creen, con sus semblantes serios, que su obra y su palabra valen más que la de otro poeta. Hoy he comprobado esto mismo que escribo. Y, por último, están los que se creen que la experiencia en literatura vale para algo. Uno, que trata de ser invisible, de ser ajeno a todo, piensa en sus adentros que la experiencia para escribir literatura vale para muy poco.

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La única experiencia posible y plena para un escritor es la lectura. Tras ella, tras levantar los ojos de volumen que ha agarrado durante unas horas, el mundo se ofrece nuevo, imperito y neonato para su conciencia. Es lo que le sucedió a Don Quijote, cerró el libro y se fue a la vida para vivirlo. Es ese proceso el único que puede otorgar distancia entre un escritor y otro, la lectura y la posterior posesión de la palabra.
Los clásicos son los libros que nos fondean el alma y que nos realizan un análisis de nuestra evolución espiritual. Es con ellos, con los que decimos de otra forma, como en una polifonía de seres habitando el mismo cuerpo. Para ello no hace falta la edad ni el tiempo, porque un clásico se vuelve a leer siempre por primera vez. La experiencia es inútil cuando se trata de Virgilio, de Homero, de Cervantes o de la literatura, en resumidas cuentas.