viernes, 1 de octubre de 2010

Toda la tarde leyendo a dos poetas distintos. Uno, rubateando con las palabras. Otro, entregado a la frase hecha desde la percepción culta. Los dos, poetas. Qué demonios...


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Las dos señoras se sientan elante de mí, en el vagón tres, en una de esas mesas para cuatro viajeros. Lo hacen vivarachas y atentas a los pasajeros del vagón que, en su mayoría, y dada la hora, dormitan. El comienzo de su conversación no se hizo esperar, venían de Cádiz cargadas de acontecimientos recientes que estaban ansiosas de glosar la una a la otra. Sin embargo, el diálogo fue tomando otro cuerpo, comenzó a transitar por otros derroteros menosfestivos. Un hermano de la señora de la derecha acababa de morir recientemente tras una larga enfermedad. mientras todo esto fluía, mantuve el libro de L.A.C. abierto por un poema que se titula Lo que somos. Antes de bajarme del tren, escribí una esquina doblada en cualquier hoja en mi moleskine.