jueves, 21 de octubre de 2010

Leer poesía te conduce a la perversificación. Por ejemplo, acabo de leer un poema de Aldana y ronda por la memoria, en fin, en fin, tras tanto andar muriendo, un desgüace de palabras que reverberan como girasoles desmayados. Lo cierto es que la literatura troca y varía vida y destino. Pensar en ella es apretar en la nada e ir nada cogiendo. Es un ir acá y allá, yendo y viniendo, sin aliento útil, pero con vaho peregrino. Es un erraje continuo del que uno es ministro.
El deseo de lo humano es ser muerto en la memoria. Vivir en un rincón, que somos nosotros mismos, e ir dando premio a lo servido por la palabra, la muerte y lo huido.

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Hoy soy mariposa que revolotea en torno de la luz de una candela como el poema de Gutierre de Cetina. De puro contento, he ido en busca de la luz que me atraviesa cuando oigo el absurdo hecho palabrería. En ese vuelo, no conozco el partir de las cosas, pero me alejo del frío vacuo a la lumbre y el calor de mí mismo. Mas soy un mísero, como todo hombre, que cree encontrarse donde no se halla. Con dolor, sin enojo, me acaba la náusea diaria que me aprieta y extirpa las alas que arden, a lo lejos, entre las olas del ser habitado.

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Con Rioja, arrojo la rosa a la llamarada del día. Émulo, como ciego caminante, que conoce su condición de tercio, comencé la mañana desde la estación de tren. Había en el ambiente un desasosiego con puntas de ramas vencidas. El púrpura, concentrado en un punto, ejecutó la aurora. Y yo, como cerco malherido, como ciervo asfixiado, caí como las hojas encrespadas en los senos del rocío. Era todo una imagen peregrina de una realidad antigua, una espuma cambiante, un sacrificio del silencio. Tan cerca estuve de mí mismo que, en la lágrima mustia del nacimiento del día, lloraba mi sombra.

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Con Unamuno, mi voz de buitre se encorva hasta el espino, hasta que devora fieramente las peñas de mi cuerpo. Sorber, sorber, postrarse ante el olvido como máscara de hielo, como solo sueño, como solo estorbo. El triunfo del hambre atroz de literatura cuando el sol se derrama sobre la pálida rama polvorienta y sobre el encanto de una fuente limpia.