domingo, 3 de octubre de 2010

Hoy, descenso final, después de un tiempo soportando, con indignación, situaciones de condescendencia. No habrá más retrocesos, más tolerancia, más comprensión de posturas contrarias que tratan de imponerse a pesar de sus carencias. No habrá más concesiones ni más contenciones. Porque en cada una de esas confirmo que se diluye la idea que me poseía. A esta postura se le denomina carácter y, ya se sabe, carácter es destino. Las ideas están para servir a los hombres, como decía Camus. En este caso, la idea será defendida por un hombre, uno sólo, el único que la abriga internamente.

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Terminé de leer uno de los libros de poemas que me tenía comprometido esta semana. Lo terminé ayer, por la tarde, sofocado de gris y latigado de viento. Al término del ejercicio, pues la vida es sucesión de ejercicios, no sucedió lo que ocurre en otras ocasiones. Había utilizado el lápiz más de lo que tenía pensado, ya que me mantuve con atención flamenca escribiendo sobre él. La poesía la entiendo como revelación y no por ser más clara y comunicativa se hace más entendible, fue lo que pensé al final. Es revelación y único lenguaje, pensé de nuevo. Y cuando eso no se produce en un libro de poemas, no queda nada, ni siquiera intensidad, ni relámpago, ni misterio, pensé por último. Lo comunicativo enpoesía es una entelequia.

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En el sótano he encontrado un eco del que hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Disfruto leyendo en voz alta algunos pasajes de Poe y otros de Rilke, algunos de Pessoa y más bien pocos de Platón. Cuando lo hago pienso en el eco que sucumbirá después en mis oídos. Las palabras devuelven a la lectura otro brío, una encarnadura vibratoria que me satisface. Intento modular el eco a las distintas lecturas y, por momentos, parezco un actor desentrañando un guión en un ensayo. Hasta M. ha bajado asustada preguntando qué había ocurrido. Nada, le dije, la palabra por sí misma figurada en los oídos. Esas especulares imágenes que recibían los oídos de sonidos que parecían pertenecer a otro texto, a otro autor, a otra realidad, no han devuelto nada al texto. No estaba Shakespeare en el monólogo que leí de Macbeth. No estaba Sócrates encicutado en el Fedón, como no lo estaban ni Cervantes, ni Lampedusa, ni Marco Aurelio. Sin embargo, cuando el poema de Rilke titulado Música, percibo que la acción se ha escapado de mi intelecto y de que ha surgido algo, acaso una conciencia, de la que no soy mentor. Si yo supiera, ay, para quién sueno…