lunes, 11 de octubre de 2010

Un poeta le dice a otro: “Dime la verdad”…


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Hay quienes pueden declarar que un maestro les abrió la senda para escribir su obra o que les facilitó lecturas e interpretaciones o que les aseguró atajos por los que transitar para no caer en las trampas primerizas de la literatura. Hay quienes por ello ya se sienten, ellos mismos, poetas o escritores y se vanaglorian de esa circunstancia en la que un maestro adiestra a un pupilo.
Este binomio nunca me resultó beneficioso a la postre, ya que si, llegado el momento, el alumno se encrespa por encima del maestro llegando a otras cotas, a otras dimensiones que el maestro ni siquiera había intuido o que no era capaz de intuir jamás, todo se desmorona hasta lo ridículo. Es el tiempo en que el maestro debe aceptar su transformación, su tiempo de paso y convertirse, como no debería de haber dejado nunca, en aprendiz de su pupilo. Cuando esto sucede, la palabra maestro es la que conceptualmente mejor recoge la circunstancia, porque si el maestro termina encabronado con el pupilo y con su propia mediocridad, rebajará su estatus a simple profesor o docente de cualquier cosa.
Esta presente necesidad de mejora, de transformación y metamorfosis es la que anidó en los grandes poetas y escritores que uno lee pasados los siglos y es, por el contrario, la que no observo en los que vienen a llamarse así sólo porque cuentan con más años en la vida. Dante con Virgilio, Borges con Shopenhauer o fray Luis con Horacio.
Luego están los que no consienten que sus pupilos escriban obras que se contrapongan a sus creencias estéticas o políticas y es entonces cuando los premios y las publicaciones reproducen una forma continua que termina llamándose generación o grupo o mamarrachada de praliné.
Aunque lo peor de todo es que el maestro no sea un hombre solo, sino una editorial al completo. En ese caso, podemos hablar de imposición o de cualquier palabra que atenta directamente sobre lo literario. Aunque todo esto no son más que aledaños de la literatura que poco importan y que nada sustancian.

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La obra se hace en soledad, en la más absoluta soledad. Nadie participa en su creación más que el poeta; nadie viene a desfigurar lo que abrigamos por de dentro, ni siquiera los sueños, ni siquiera la vida, ni siquiera el mar, ni el mar siquiera.