domingo, 17 de octubre de 2010

El escritor ha quedado para escribir, de vez en cuando, un artefacto original. Quiero decir que el escritor se empeña en convertirse en el primero en decir o haber pensado algo antes que los demás. Es tan patética su figura que con eso se conforma. No aspira más que al gracejo y a la borrachera momentánea. Nunca pertenció a la literatura, a pesar de que se crea su cúspide y almena.
Con este panorama, cuando uno lee una obra de hace décadas y encuentra en ella literatura no puede dejar de preguntarse qué ha ocurrido con ella después de tantos siglos. Porque los que se llaman literatos en este país pertenecen, en su mayoría, a capillas editoriales y a casetas de editoriales que les publican porque su nombre en una librería vende libros, pero no porque escriban literatura. La literatura está en manos de los que no les interesa la literatura. Muerte de lo literario, vómito en lo literario, defecación en lo literario.

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Junto a esta desmesura de lo original se une la edad: hace falta ser joven para ser un escritor con futuro, dicen algunos. Cuando escucho esto, me he propuesto dejar de escribir en cualquier lugar en que se hagan públicas las líneas que uno trenza a diario o los poemas que le vienen como del rayo, en contadas ocasiones. Lo público se ha convertido en un burdel de vanidades.
Escribir sin más miras que las de publicar cuando tenga sesenta o setenta años, si es que aún sigo vivo, es la consigna que me golpea cada vez que entro en cólera. Sería un desafío a estos tiempos de poesía vacua y prosistas sin fuste, de galeristas del mercado editorial y de bobos avenidos al mundo de las letras. Evadirse, desaparecer, invisibilizarse. Publicar con sesenta años, por ejemplo, y esperar con una sonrisa sarcástica los elogios fugitivos o no esperarlos nunca, elogios de argel. Valdrían tanto como los que te pueden decir de un primer libro con veinte años, porque los elogios en literatura son como el océano, inabarcables por imposibles. Por tanto, invisibilizarme es el acto más literario que contemplo en estas semanas.

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La obra de Flaubert, Bouvard y Pécuchet, es un océano, "porque el océano es la imagen del infinito".