jueves, 30 de septiembre de 2010

Qué sentido hay en que esté escribiendo en el sótano de una casa con la música de Beethoven, con la música de cámara, la sublime música final de cámara, la exacta melancolía que se impregna en esa música de cámara de Beethoven. Qué y quién escribe seguirán siendo enigmas constantes que no necesitan ser dilucidados. Escribir a diario, sin falta, con las manos esqueleteadas sobre un teclado que resiente sus años. Escribir sin más, escribir, no por necesidad ni por otra boutades que tanto gustan a los escritores, sino porque la vida se concentra en ello, ello es la vida, ello-vida, ellovida. Escribir en la profundidad de la tierra, metido en tierra, como si estuviera en un inmenso ataúd prematuro donde la vida brota incesante, bajo tierra, en silencio, perdón, en cuerda final de cámara.

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Esta mañana, al levantarme, he confirmado que he tenido el sueño de otro en mi cabeza. Duró toda la noche, con una persistencia desconocida para mí. Fue un sueño en otro, la invasión onírica de un individuo a otro individuo. Los límites, en ese ejercicio, eran invisibles; no existía la menor sensación de mortalidad. Esa misma sensación es la que manejo cuando comienzo a leer por las tardes: la mortalidad es anécdota ante la memoria continua de los libros. Ese sueño de la noche ocurría en un castillo, en la torre de un castillo cuyo techo estaba totalmente inscrito de sentencias y frases latinas y griegas. Había una notable biblioteca plurilingüe y un olor a humedad casi corrosivo para el organismo. Al leer aquellos apotegmas tallados en la madera con una caligrafía esbelta y erudita, tuve la sensación, como nunca antes había sucedido, de estar más cerca de esos textos. Entendí que la interpretación es apología de la cercanía mental y espiritual, de la catarsis in mente del lector. Justo en ese instante, en que el lector ocupa, por segundos, ínfimamente, el observatorio del escritor, se produjo el sueño, justo ahí, allí, en ese momento. Al despertar, junto a la cama, descansaban los volúmenes con los ensayos del autor francés que tanto había perturbado los sueños. El mismo libro que es materia de él mismo, de mí mismo, de todo ser humano, en definitiva.

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Deberías estar siempre en contrapunto, siempre en compases ternarios. Como un violonchello, deberías participar de la vida siempre a la retaguardia, en la zaga, observando cómo la melodía que trazan los solistas puede ser reconvertida en los bajos de la humanidad. Estar a la espera para revocar la pronunciación del amanecer, la dicción de la tarde, el bostezo profundo y energúmeno de la noche que es lo sublime.

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Kant distinguió lo sublime de lo bello. Dijo: “La noche es sublime, el día es bello”. En este paradigma de definiciones, intento consignar una diferencia estética y ética que me permita comprender la sentencia. Para ello, lo escribo en una pared del sótano, con letra de gran dimensión, perceptible desde el fondo. La dejo descansar para luego recurrir a ella.
Sigo leyendo a Kant y subrayo lo siguiente: “Lo sublime ha de ser sencillo”. Bastante tiempo llevo hablando, en distintos foros, de la necesidad de la naturalidad en el arte. La naturalidad como el sustento de lo sublime, la sencillez, como poseen las pirámides de Egipto, para alcanzar lo grande y eterno. Creo que todo apunta al asombro inmóvil, la vida quieta, el movimiento perpetuo en lentitud.

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>, peces en blanco.