jueves, 2 de septiembre de 2010

Sangre de culebra.

La fiebre se ha sumado a este estado de calorina continua y me acerca a los límites en que el surrealismo comienza a ofrecerme imágenes fantásticas. Por ejemplo, ha venido a hablarme Balzac mientras leía un pasaje de Las ilusiones perdidas. Olía a alcohol y sus ropajes estaban cubiertos de mugre. Luego ha entrado en el salón Oscar Wilde, con una capa aterciopelada de color negro. Se ha sentado junto a mí y me ha besado la frente. Balzac le pegó un puñetazo y le dejó la cara amoratada. Sus labios, sin embargo, estaban frescos, como retratos inmanentes en los espejos.
Al cabo de un tiempo, la habitación se ha plegado sobre sí misma y ha cambiado de color, ha tomado un color amarillento, de caduca piedra. Han desaparecido todos los libros, libros que revoloteaban mientras los zumbaba un viento enorme de lengua verde. Un grito, un niño, un círculo desvirgado. Toda la tarde encerrado en este reducto, en la recolecta esencia de la fiebre. Por unos momentos he dejado de ser para ser más que nunca.

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La asfixia, por la insuficiencia de mis pulmones, me está dejando enormes lecciones de estilo.

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Silbidos, muchos silbidos desacompasados. Como una grillería colérica ese silbido ha penetrado mis tímpanos. Una fatiga continua, el cuerpo aplomado. Las manos apenas sosteniendo el lápiz que, al mirarlo con atención, comenzó a convertirse en una culebra. Es por eso por lo que escribo con sangre de culebra.