martes, 21 de septiembre de 2010

Qué alejado todo del sosiego y la fascinación, qué tristes miembros tiene el albor de la mañana y qué rotunda indignación me atraviesa cada vez que las horas y los días caen, insalvables, fallecidos, en el fangal de lo absurdo.

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A cada momento va uno enjuiciando lo que le sucede. Se ve con el beneplácito suficiente como para decir qué fue adecuado y qué no, qué nos fue beneficioso y qué hacen los demás que nos parece irrisorio. Cuando leemos, ejecutamos continuamente un acto de enjuiciamiento y cuando amamos lo hacemos hasta el fondo. Nos enfrenamos al mar y tenemos la osadía de discernir entre el plata y el dorado. Cuando hablamos con un amigo pretendemos trasladarle aquellas punzadas que nos corroen y cuando nos concentramos en nosotros mismos sucede la anulación de los sentidos. Con la anulación de los sentidos, se produce el florecimiento del sujeto. Es decir, nacemos dentro de nosotros, revivimos, revocamos a la naturaleza con la conciencia suplantando al otro que nos perfila.
Me acuerdo, en estos casos, de Kant y su meditación tercera de las Meditaciones metafísicas. Al comienzo de esta parte, Kant expresa que dejará de hacer uso completo de los sentidos y de que borrará todas las reminiscencias corporales de su pensamiento y que las tendrá por vanas y falsas. En ese enclaustramiento del individuo, comprueba que toda la galería de ideas, pensamientos o vibraciones externas no son más que productos dentro de él. Algo parecido me ocurre por las tardes, cuando escribo y leo. Intento ser plural como el universo, pero lo más alejado de mí mismo, quiero decir, de los sentidos que me atosigan, del exterior, de la cáscara.
En esa penetración en el espíritu de uno mismo se confirma la ignorancia interna, la carencia interna, el solsticio interno de la inteligencia.

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Al término de Kant vuelco la lectura en Wittegnstein. Al azar, abro el Tractatus por la mitad del volumen, en ese espacio me encuentro: “Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino una intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive el presente”. Y estas meditaciones me conducen a Pessoa, sé plural como el universo. Si consigues ser plural conseguirás la eternidad del presente.

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Con Schubert la tarde se torna rosa Tiepolo, cárdeno Tiziano, espacio Velázquez. Con Schubert, el bálsamo con el que me esculco. La línea perentoria en la blancura. El presente eterno del que hablaba Wittgenstein, la concreción más humana de lo huido.

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La poesía es el atributo de la luz. Ella roza lo insonoro, pero agudiza el silencio.

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El escritor dice la literatura es, escribo para, leo con…cuando debiera escribir la literatura soy. No hay más camino que la primera persona para el escritor en cuanto a lo literario. Como en esta música de Schubert, el músico es música. No puede el escritor aspirar a convertirse en un elemento aledaño a su obra.
Alineación al centro
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Como en estos moentos, que no entiendo cómo no me dediqué a la música por completo. En ella anida lo más sublime y los más bello que pueda urdir un individuo consigo mismo, en sus adentros.