viernes, 24 de septiembre de 2010

Viernes en la ciudad y salida en el tren. Estas semanas –en las que madrugo en exceso y duermo pocas horas- las he comenzado escribiendo y leyendo en el tren.Esta circunstancia me resulta mágica y embelesadora. Podría pasarme sin problemas todo el día en el tren de un lado a otro únicamente leyendo. Si eso fuera así, si las horas de trabajo se concentraran en las que paso en el tren, leyendo, escribiendo, contemplando, la vida, aun encerrada, gozaría de otra consideración. El cuerpo sería un lastre más llevadero y ería difícil entablar una cnversación absurda con nadie.
Todo el día observando cómo unos bajan y otros suben, cómo respiran y cómo duermen; cómo hablan sin cesar sobre esto y aquello; cómo ríen y algunos leen. Sería un ir y venir sin rumbo en el mismo trayecto, una estancia pendular de los días.

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El señor se montó en el mismo vagón que me correspondía. Llevaba una maleta de cuero muy desgastada y un pelo cano, rotundo, abierto, desaforado. En cuanto pudo, sacó el volumen como si portara un artefacto antiguo, fabricado ex professo. Era la magna obra de Proust en francés. El libro estaba muy trotado y el señor no dejó de escribir en sus páginas durante todo el trayecto. Con un panorama de este tipo no podía dejar pasar la ocasión y decidí que me bajaría en algunas estaciones más adelante ya que contaba con tiempo suficiente. Lo acompañé hasta Utrera. Allí guardó el volumen. Se bajó del tren. Jamás volví a verlo. Inception.

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En el habítaculo que nos reservan todo es inhóspito, incluidos los seres, los seres incluidos, todo, inhóspito. No hay nada en ese lugar que pueda magnificarse con estas palabras, nada, porque las palabras necesitan de sustancias previas para poder edificar con ellas. No hay nada en ese lugar que pueda magnificarse, nada, nada puede, ni siquiera un acto, un hecho, un acontecimiento, un ejercicio, un vano amanecer. Nada, ni un solo ángulo hallarás. La alegoría, decía, Kafka que lo más importante es entender que todo, al ser escrito y pensado termina siendo alegoría, subyacente realidad. Incluidos estas disquisiciones aritméticas de un yo, un alguien que se descifra en la arena de un mar que lo corroe y que se llama Tierra.