martes, 28 de septiembre de 2010

He afirmado demasiadas veces que desearía ser invisible y no por escribirlo a cada momento el hecho llegará a consumarse materialmente. Sin embargo, me he dado cuenta de que la táctica que más me conviene en estos momentos es mantenerme a escondidas y en celada, ajeno a todo tumulto y soslayando todo encuentro que me desagrade. En efecto, la cercanía a la misantropía es una amenaza, pero no la considero de peor calado que la banalidad y el absurdo. No he de derramar más tiempo en los otros porque no quiero pertenecer a sus coartadas en la vida; no he de desprenderme de más vida si no es para lo esencial que, aun siendo desconocido, brujulea los días y los mundos. El solipsismo siempre fue una añoranza y una necesidad. Hoy más que nunca.

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Toda la tarde engolado con Fedro, de Platón, mientras invade el sótano el Impromptu Op. 90. N.1, de Schubert.

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La vida de la voz, eso es la poesía.

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En cualquier caso, nunca escribo buscando el enfrentamiento con un interlocutor que no sea yo mismo, antes al contrario, las palabras larvan y horadan en las profundidades del individuo y, en esas abisales estancias, el verbo es un desboque del alma.

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A veces, cuando comienzo a leer un libro de poemas con la intención de escribir sobre él, me sucede. No puedo remediarlo, es un desamparo y una desesperanza que me conducen a la agrafía. Como en arpegio, la sensación de los versos configura un poso liviano que se resguardadas de los días. Permanecen, entonces, algunos versos en el reino blanco de la palabra viva, de la palabra que se aposenta en la memoria que auguran los volúmenes de una biblioteca. A pesar de nuestra incapacidad por entender el mundo el mundo existe y la memoria es prodigio de la multitud. Por eso es tan poderosa y tan pétrea, tan pródiga de luces y de verdades.