martes, 7 de septiembre de 2010

El silencio de los hospitales abriga la noche como un esturión de auroras. Lo hace en la medianía de la materia moribunda y en el trayecto que recorre la piel en guarnición. Es un deletreo profundo de la miseria. El hexámetro más exacto de lo humano. En medio de esa noche, enraizado de estrellas, agarré mi libreta con la intención de comenzar a escribir como si la circunstancia fuera otra, en otro lento suceder. Imaginé un mundo tamizado por un atardecer repleto de naturaleza que mostraba algún canto peregrino de un pájaro; soñé con las inclinaciones de la mañana mostrando las enaguas del día, con palabras limpias de poetas, con axiomas revolucionarios de filósofos y con la prosa de Cervantes, concretamente con su prosa. A un lado quedaban Virgilio y Ovidio. Al otro, Homero. Muy cerca, Dante. Callado, en mesnada, san Juan pellizcando a fray Luis. De pronto, aparecí vestido con la ropa de un comandante antiguo y maltrecho. Las heridas habían impregnado el uniforme de no sé qué sangre agriada. Vi fosas tremendas y pálidas, cuerpos descompuestos y la punción de un frío que penetraba hasta el tuétano. Tras el tuétano una sombra que recorría incesante un desierto. Fue la última visión y la recuerdo con nitidez porque, al abrir la mano, no dejó de césar hacia el suelo una arena blanca y húmeda, de desierto soñado. Siempre estuve recordando las palabras de Pessoa:” Actué siempre hacia dentro…Nunca he tocado la vida…Siempre que yo esbozaba un gesto, acaba en un sueño, heoricamente,”, la arena ´continuaba desprendiéndose.

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Como Galdós, Pessoa tuvo conciencia de la incesante relación que se establece entre la vida y la literatura para un escritor. Para esa conjunción, se mostró condescendiente con aquellos mecanismos de la ficción que se adecuaban a sus propósitos. Como toda vida bien narrada, esta que se declina en el diario, lleva una novela dentro, una diarivela, en términos de Trapiello. Es por ello por lo quiero destacar la capacidad de síntesis que poseía Pessoa para estas conjeturas, porque mientras Galdós teorizaba novelando con maestría, Trapiello deshace los límites que dona la verosimilitud, el portugués escribía en su diario: “Si no soy yo mismo en mi epopeya, habré vivido en vano. Si no hay en cada uno de mis versos un acento de eternidad, habré malgastado el tiempo de los dioses en mí […] Si una contingencia del mundo visible puede aplicar su corrección sobre el manuscrito de m vida en proyecto, no seré más que el vacío de mí mismo, el eco sin nombre de las estrellas que asisten indiferentes”.

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Nunca un cuerdo tuvo recuerdos más bellos que los locos, escribió Baudelaire. Cervantes, instaurado en la sustancia de la ficción, hizo algo parecido entre verdad y ficción de una vez por todas. Puso la ficción en el sueño de un loco que es, en definitiva, como si hubiera puesto los sueños en la cabeza de un cuerdo. Dejó la disyuntiva sin solución, convirtió todo en un uroboros, en un enigma perpetuo sobre el que siguen girando las letras actualmente, las buenas letras, obviamente.