miércoles, 1 de septiembre de 2010

En estos días sin causas, en que el viento latiguea por los muros de la casa, se levanta, moribunda, una conciencia de no sé qué estado primitivo. Me veo recorrido por una suerte de desvelo continuo y de desapego absoluto con el mundo. Todo ha quedado relegado a dos o tres motivos, como una sinfonía inconclusa que se repite ad infinitum. Sin particiones el mundo en sí aspira a otro donde la muerte es el límite de un trino.
No me valen las palabras que pretenden ser deshonestas y mordaces, ni siquiera esa rabia que pretendes con tu verbo maniatado. Son dos o tres las causas que nos mantienen en perfil. Dos o tres, y acaso algún silencio, el rítmico y percuciente sostén para esta vida, para este inexpugnable lugar en que nos condenaron a vivir.
Alguien ensaya toda la tarde una partitura de Bach en el piano. Lo hace durante seis o siete horas. Siempre me agradaron esas horas de repetición, de aislamiento musical. Alguien repite, ensaya, merodea por una partitura perfecta que encierra una totalidad materializada. Y esa pesante intentona por dominarla es la situación que mejor define lo que sucede hoy, una tarde de aislada melodía de Bach como estorninos ahogados.

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Como los versos de Coleridge, Then all the charm is broken, -all that phantom world- so fair. All that phantom world…todo el vuelo del colibrí que aguanta el grisáceo ser de la tarde, todo el verso que retiene insolente, la tierra que empapa las pieles fósiles. Todo se rompe, resquebraja al concierto de una música indescifrable. Jamás se dirá nada complaciente sobre la música, nada que le pertenezca, que incluya una cualidad, un estado, que la haga de este mundo. Es el misterio del arte más profundo, el inexplicable y dador de únicos momentos.

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La belleza de la música nunca será contenida en una palabra. Es más que ella porque es más que el ser humano.