lunes, 6 de septiembre de 2010

Repleto de incertidumbres repasaré la bilis de esta tarde inocua. La lanzaré para interpretar, como un oráculo, qué me depararán los dioses y los astros. Y dependiendo del hedor que expulsen, pensaré en volver a comérmelas. Esa es la disposición que le damos al tiempo los humanos. El tiempo es la bilis que nos recorre y atraviesa sin que sepamos de ella; el ácido meditar de los días.

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Todavía no he decidido qué libros me llevaré al hospital. Seguramente opte por la prosa de Pessoa, porque en un hospital, uno deja de ser en cuanto se instala en él. Quizás me lleve mi libro de Conan Doyle en inglés, con lo que seguiré practicando el idioma. O, en todo caso, y lo más probable, será que me lleve varios volúmenes. Llegaré cargado con una bolsa de tela y con varios libros. La noche en los hospitales son dragones de salitre y amapolas ruborizadas. Sólo en un hospital es posible cruzarse con un minotauro y tener la sensación de que el hilo que sujetábamos era un sueño de Ariadna.