domingo, 5 de septiembre de 2010

Que contemple mi vida el curso de las aguas como lo hace la noche azucenamente plena, que contemplen mis ojos la espesura del ser aun siendo etéreo; que se rijan mis oídos por el sueño de la tierra que trenza amaneceres y que nazcan de mis manos las raíces del canto, del canto de una recua de exilios; que devuelvan mis huesos su esencia a los árboles, que dicten mis deseos los fuegos clandestinos, que dispare, pétrea, mi figura a los contornos en que se conmueven los hombres que audazmente persiguen la belleza.

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Antes dije, la palabra es la luz del silencio. Ahora escribo, la palabra es el claroscuro del silencio.

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¿Quién levantará testimonio de este cuerpo que me impulsa, quién?

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Varios días leyendo el verso de Kavafis: “no la envilezcas nunca/en contacto excesivo con el mundo […] en el necio vacío de la estupidez humana”. En este poema, Kavafis conmina a un alejamiento de todas aquellas circunstancias que envilecen y hacen inoportuna la vida. El problema es claro: es imposible hacer la vida como uno quiere. De ta forma que en este verbo, querer, se esconden todas las líneas de un punto de fuga que resulta tu vida. Hacer lo que puedas, hacer para desligarte de esas acciones, del tú que sociamente significas, del inividuo que se embosca en discursos prefijados que colocan tu vida en el orden de lo mezquino y de lo vacuo. Lo vacuo sólo lo pueden medir los individuos en sí mismos, sin dar explicaciones ni argumentos. Y en esa imposibilidad del sujeto me encuentro desde que comenzó el verano. Aborrezco todo lo que merodea con la excepción de dos o tres personas y dos o tres acciones. Aborrezco, me aborrezco como ser social, como ente que vive más en los demás que en sí mismo y denuncio que esta vida me provoque el sobresfuerzo de vender y arrimar mis palabras a lo ignoto, desarticulado, clarísimamente innecesario.
deseo no rtener la conciencia del ndividuo que reresenta mi cuerpo, porque el verdadero latido es más profundo, sincronizado en el discurso de la luz limpia y poderosa de la realidad en sí. No necsito a quien soy para ser más que nunca, no me necesito. Entregaré este cadáver que me representa a los caníbales de lo cotidiano, a los que llenan sus hechuras de vivientes a esto y aquello que, en definitiva no dejan de ser nada. Toda la nada.