lunes, 27 de septiembre de 2010

Una furia incontenida ausente de palabras, de palabras, una furia incontenida. Una mirada que abarca el aire con el desafío de un dios olímpico, con el desafío de la nada entre las manos, de la húmeda niebla que transita entre los días, que siega lentamente el iris de la conciencia. Un llanto en la tarde con el proteico meditar de la especie; diluido en la especie he llorado como en una cueva antigua en la que la decoración era una desfiguración de mi rostro escrito.

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Las páginas de miles de libros conviven con nosotros. Toda la realidad nombrada en ellos las pienso como túneles interminables que bifurcan nuestras vidas y las extienden hasta no sabemos dónde. Como una suerte de formas concéntricas he observado la biblioteca. Me he detenido ante ella y he llevado mis manos por los lomos de los libros, como si estuviera rozando un teclado. He imaginado los millones de palabras que jamás leeré; he proyectado a otro lector futuro en ellas, a otro lector en que me inserto, a pesar de la finitud, con estas palabras deseosas. La lectura es un ejercicio de humanidad creada por el hombre para concienciarlo de su ser. Por este motivo, todo lector termina enfrentándose no a un montón de celulosa y de páginas, sino a su propia figura proyectada en esa incapacidad. No hay que rehuir la finitud, sino más bien aprehenderla, para poder integrarla en nuestra conciencia. No hay que huir ni llorar por lo que somos, por nuestras mezquindades, por nuestras vilezas, por las pérdidas de vida que continuamente otorgamos a los días. No somos más que aventuras pasajeras de un sueño proscrito, de un emblema de la voluntad. No somos más que una palabra, ni siquiera aspiramos a convertirnos en un verbo perpetuo e insonoro. En cualquier caso, alguien que haya abierto un libro y haya comprobado que lo humano se encuentra en ellos, en el resguardo de la memoria, deseará encontrarse con la tierra, con las cenizas, avivando la atmósfera de los otros como antes lo hacía en cada momento, en cada estación del estarse fugitivo.

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Son estos meses de una incertidumbre terrible. Colapsado. Así me encuentro frente a todo, en un maremágnum irresoluble en que se teje la escritura, la lectura, la vida, la conciencia de la muerte. Hay golpes de la muerte en la vida que vienen a dictarnos sentencia. Hay golpes, yo no sé, tan férreos que no tienen procedencia, que aparecen como del alba en la mañana, sin origen ni pretensión. Hoy, por ejemplo, mientras iba al trabajo, vislumbré una loma desierta, sólo poseída por el frescor de la madrugada. Había una quietud de óleo en su contorno, pero sin embargo, en la negrura de sus raíces, en la profundidad de la tierra embarrada, percibí más vida que nunca, más brote que nunca, más muerte que nunca.

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Alguien me pregunta, de nuevo, qué escribo a parte de este diario. Si poseo proyectos secretos preparados para premios. Rápidamente, como la situación la vivo de vez e cuando, le contesto con alevosía: no sé escribir en tiempo muerto, en borradores, para calentar la muñeca ni para querer aparentar que esto son sólo bagatelas. Frente a la palabra el hombre no tiene elección, el escritor tampoco.