martes, 14 de septiembre de 2010

Antes de comenzar a escribir, sobre todo por las tardes, cuando el cansancio amenaza con sus llagas, comienzo a repasar algunas páginas del diario con la indiferencia de un curioso impertinente. No hago como Onetti, que afirmaba que no recuperaría ninguna página de las que había escrito, ni como esos que desdeñan de antemano todo lo suyo o como esos que se ofuscan cuando hablan de su obra pasada. Realizo esa tarea como un hortelano que observa sus frutos ya sean estos marros de la conciencia ya sean límpidas vocales. Un hortelano que observa y contempla desde el silencio cómo pudo haberse edificado con mejores formas y con más agudeza aquello que fue apenas en un balbuceo.
Estos acercamientos me llevan igualmente a desgajar de las baldas algunos libros que releo continuamente. Este ejercicio, imprescindible sístole y diástole, debe pertenecer a la mesura. Porque la relectura es la lectura mesurada de la memoria, del desvelo. La relectura es platónicamente plena.


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El aspecto que más me agradó de Inception, la película de Nolan, fue el continuo trasvase que se produce entre la realidad y los sueños. El tema, por antiguo, ha sido tratado de múltiples formas y en grandiosas obras artísticas. Aún así, la película roza, en ocasiones, con ese prodigioso territorio en que se nubla la razón y el juicio. Ahora, por ejemplo, escucho la Ballade nº 1, de Chopin, interpretada por Zimerman y es mi tótem para salvaguardarme del sueño de la mañana.
Mañana, cuando todo comience a girar en los contornos de lo absurdo, me disfrazaré de Pessoa. Seré el doble oficial de Pessoa en el trabajo. Cada mañana, llegaré disfrazado, con un abrigo negro hasta los tobillos, gafas, bombín y un andar de cíclope asfáltico. No miraré a nadie ni diré palabra alguna, todo el desasosiego lo resguardaré en el calor del abrigo. Echaré la culpa de todo a un puñado de heterónimos e inventaré un nuevo meditar, en solitario, como deben alcanzarse las obras únicas y profundas.

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Como el personaje de El malogrado, de T. Bernhard, no soporto ya más las descripciones en una obra literaria, menos aún en una novela, son emplastes sin sentido y que además están escritos sin ánimo. Ese es el estado de la literatura, la decadencia de la palabra.