miércoles, 8 de septiembre de 2010

Tengo la costumbre de leer un pequeño texto (elegido al azar entre los libros que arropan la mesa donde escribo) para llevarme, mientras conduzco, algunas líneas en la cabeza, resonancias que irán medrando a lo largo del día y que terminarán incluidas en mis propias letras. Podría decirse que soy un rumiante de la palabra y que no puedo dejar de transformar mi discurso con los elementos orgánicos de los demás.
Esta mañana, y estoy alargando esta nota que no pensaba escribir, he leído un texto de Borges en Discusión (1932) que me ha dejado pintiparado. Borges recupera una definición de música que realizó Shopenahuer y, al leerla, he conocido la imposibilidad de la glosa y la comprensión. Con pocos textos me ha sucedido la inmediata paralización de todo entendimiento, por desbordante y exacto. Hoy he comprendido, con Borges, que la exactitud y la justicia en la palabra y el pensamiento conducen al silencio y la incomprensión racional: “La música es una tan inmediata objetivación de la voluntad, como el universo”.