viernes, 3 de septiembre de 2010

Me siento dentro de una trama de la que quisiera escaparme.


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Con ciertas actitudes no soporto demasiado tiempo una charla o una situación siempre y cuando pueda evadirme sin sospechas y sin que se note demasiado el conflicto que hace que me marche. Indudablemente, el comportamiento que más me enfurece es el adocenamiento, la subordinación de un hombre a otro. Porque cada vez hay más gente que piensa que al ser encargado de algo o director de no sé qué su estatus como persona es superior, mejor, óptimo en cualquier caso. Habría que echar mano, sin duda, de la psicología para explicar con detalle muchos de estas actitudes, así como sus patologías. Pero quiero, únicamente, que en este diario, quede clara mi insubordinación en cuanto ser humano.
Esta situación tiene, además, una circunstancia añadida. Hay quienes se sienten atraídos por los que ejercen el poder, sea este del pelaje que sea. Y entonces, motivados por esa presencia, omnubilados, entregan su personalidad, sus aptitudes, sus virtudes como sujeto a los caprichos del otro, del poderoso que hace y deshace.
En más de una ocasión he debido ser más cauto y mostrar menos mis enfados cuando se produce el ejercicio del poder ante mis ojos. En más de una ocasión hubiera conseguido otros logros si yo mismo hubiera cantado las divinidades del sujeto de turno que puede influir en mi vida. Pero siempre, en todas las ocasiones, he salido satisfecho de la postura por la que he optado. Porque me he visto, por minutos, por horas, anulado, totalmente eclipsado por los delirios de otro sujeto que, a la postre, como decía Machado, no tendrá valor más alto que el de ser hombre.


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Tampoco sabe uno nada nunca sobre lo que otro, un amigo, un compañero, es capaz de hacer cuando se enfrenta a una situación parecida, a una encrucijada en la que piensa uno que el compañero va a optar por aquellas palabras que siempre defendió enfervorizado. Nada más lejos. El mundo se ha infectado con la vanidad y la envidia sumadas a la soberbia. Nadie reconoce nada en el otro porque todos podemos hacer lo mismo. Y el deleite, el gusto en sí, ha quedado arrinconado por la vanagloria. Sucede esto en todos los campos: el trabajo, la literatura o la familia.
También caben el ruido y la furia en lo cotidiano. Mutis en el foro. Cielo abierto. Levitan los pájaros en su vuelo.

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Esta tarde recitaré un poema de Luis Rosales que se titula "Ciego por Voluntad y por destino" en una jornada de homenaje al poeta en la Fundación Caballero Bonald. Lo cierto es que me siento intranquilo desde que me lo propusieron, no por la lectura en público, sino por la celebración en torno a un poeta que nunca me ha dado claridad, confianza, entusiasmo. Serán versos de La casa encendida. Y lo haré pausadamente pero, al correr de la dicción, no deseo que se me note la desconfianza ante esos versos y ante este poeta. Lo hare casi susurrando, pero sin la plenitud de un poema sin astillas. Algo parecido a lo que acabo de escribir, me siento integrante de una trama de la que quisiera escaparme.