jueves, 23 de septiembre de 2010

El mundo alrededor y la vida rezumando bemoles. He paseado la mañana con el rostro compungido porque todo era un entierro de banalidades. Expulsión, como diría, Bernhard, expulsión, extinción de todo lo que rodea y afecta al espíritu, dije. Descreo de los diálogos sin causa, descreo de las palabras que surgen sin perseguir un efecto, descreo de todo, de casi todo lo que me rodea y compunge, definitivamente, como un minotauro acorralado. Descreo del mundo y sus párvulos habitantes, del vómito del hombre en la mañana, de la náusea que me provocan sus actuaciones, dije, afirmo.

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Como dijo Kafka en sus Diarios, todo es alegoría alegórica, es decir, todo puede someterse al principio de la metarealidad a través de las palabras. Esa espiral es interminable, pero existe una constante que participa de todas ellas, que va bombeando la sustancia necesaria y precisa: la conciencia de ser humano.

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Aborrecerlo todo, retirarlo todo de la memoria como un desgaje plural, deshacerse del pelaje de lo cotidiano, atribuirse propiedades olímpicas. Es la única forma de sobrevivir.

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El paso del tiempo me conduce a reducir la existencia cada vez a menos amarres. Para ello, hace falta una disciplina militar, que delimite con exactitud lo que nos advierte que estamos viviendo. Hay que tener fuerza emocional y personal para retirarse de los terrenos en los que el ser se deja ir, en los que la masa nos engulle con sus mecanismos. Es la concentración absoluta en uno mismo, es la concentración absoluta en el ser humano.
Este ejercicio, que me gusta practicar a diario, en el diario, nos puede llevar a una misantropía mal entendida, porque en este mundo la misantropía ha ido adquiriendo valor de humanidad. Cuanto más adentro de nosotros mismos, más cercanos al hombre; cuanto más alejado de la masa, más límpida refulgen las propiedades de lo humano. Nunca el mundo avanzó en la aglomeración de los hombres, nunca, sólo un hombre sólo puede crear en el mundo, hacer el mundo, rehacer el mundo.