jueves, 16 de septiembre de 2010

La lucha por la vida, ya que uno no vive, sino que pretende no hundirse en la vida. En el lodazal que es la vida, repleto de incómodas cercanías cuyas horas han tocado cerca de nosotros. De un tiempo a esta parte, he restringido los intereses a un puñado de elementos. No puede uno dejarse vivir y adormecerse, dejarse arruinar hasta calcificarse como un títere sin brillo. La voluntad debe modificar la desgracia intrínseca que nos trae la vida, esa manía insonora de ir apagándonos y reduciéndonos al circuito cerrado de nuestras venas.
Debe uno mantenerse alerta ante la desidia, porque en este mundo moderno los mediocres arrastran con sus ignorancias a todos. Hay que estar en alerta y para ello lo mejor es alejarse. Hay quienes se deleitan experimentando los auspicios de lo absurdo y quienes se sienten éticamente llenos porque han elaborado una idea que afecta a los otros. Debemos huir de este magma pegajoso, asilarnos, individualizarnos, radicalizar nuestras posturas como sujeto.
Este verano conseguí entender que las razones de un hombre son las razones de la humanidad, porque la brillantez y la profundidad es cuestión de nivel. Ortega y Gasset, al referirse a la filosofía, respondía diciendo que la filosofía es cuestión de nivel. No añadía ningún matiz porque no era necesario.
Creo, por tanto, en una erradicación de la democracia que se ha instalado en todos los sectores. No somos los mismos, no cuenta lo mismo la palabra de un hombre y la de otro; no pretendemos lo mismo, no degustamos lo mismo. Y en esto, como en todo, con la minoría, siempre.


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Recupero la música de Miles Davies, Kind of Blue. En el contrapunto del bajo observo un mirar de marimba. La trompeta irrumpe con su decir de luna menguante. Se dilata el parpadeo del espacio y el tiempo, en una versión sucedánea, desespera por ocupar su trono de mimbre, rey de azul condena.

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En la escena segunda de Hamlet, cuando hablan Osric, Horacio y Hamlet, éste último dice justo antes de morir: “Lo demás es silencio”. Silencio es los demás. Esta fórmula sintáctica para expresar lo que prosigue una vez muertos, una vez desposeídos por la materia, es quizás una de las muestras más exactas que describen cómo debe ser la vida vivida. Shakespeare situó, con esta oración, la vida al filo de lo indecible, porque en ella se condensan la vida y la muerte.
Igualmente, hago uso de ella como acicate literario. Todo libro, toda novela decente, cualquier diario, debería llevar explícitamente un membrete con esta inscripción: silencio es lo demás. La palabra está asediada en sus contornos por el silencio, así como la epifanía del conocimiento. Todo se guarda para ser descubierto en la luz, como predijo Platón, para ser contemplado y acaso vislumbrado. Las verdades, si es que existen y no son solo destellos confusos, aparecerán allí donde el silencio lo indique, donde sucede todo lo demás, lo incomprensible, incognoscible, indescifrable para nuestra condición de demás. El hombre es una yuxtaposición azarosa de lo que hubo, es decir, de lo que menos importa.


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De vez en cuando, recuerdo los versos de Baudelaire: “Et qui`l faut pour tresser ma couronne mystique/ imposer tous les temps et tous les univers”. Todas las edades y todos los universos para trenzar una corona a un muerto que predica el silencio y el ideal.