sábado, 26 de enero de 2008

DE PALUSTRES Y OTRAS TURBAS

LA DEBILIDAD por los diccionarios es una patología que aumenta en la medida en que más se consultan. Se extasía uno por los significados que se acumulan en las entradas, las acepciones varias que se suceden, y, sobre todo, por las sorpresas que nos tienen guardadas. El caso que me mueve en esta ocasión tiene su inicio en Madrid, en estas pasadas vacaciones de diciembre. Estábamos reunidos en eso que viene a llamarse (con ecos rayuelinos) “el club de la culebra”; hablábamos, bebíamos, descansábamos de las caminatas diurnas y, por supuesto, nos convertíamos en palabras y literatura. En una ocasión salió a la luz el vocablo “palaustre”, ese utensilio que utilizan los albañiles para esparcir la mezcla de cemento, arena y agua. No recuerdo si fue en la radio o en la televisión donde aclararon que el término preciso y correcto era “palustre”. Inmediatamente, agarramos un diccionario y comprobamos la afirmación (DRAE, 2001):
palustre. 1. (De pala). 1. m. Paleta de albañil.
Efectivamente, es “palustre” y no “palaustre”. Aunque dejamos sin atender a la segunda acepción:
palustre.2. (Del lat. paluster).1. adj. Perteneciente o relativo a una laguna o a un pantano.
Tiempo más tarde, se me ocurrió soliviantar esa falta de atención a la palabra, sobre todo por los significados tan diversos entre sí que nos encontramos. Investigué la historia del vocablo en El Tesoro de la Lengua (1611) de Sebastián de Covarrubias y en el Diccionario de Autoridades (1737), libros de consulta indispensable y obsesiva en mis propios asuntos. En Covarrubias no aparecía el vocablo; sin embargo, en Autoridades la única referencia que se recoge es la que se refiere, precisamente, a una laguna o a un pantano: “adj. De una term. Lo que pertenece o es propio de la laguna. Lat. Palustre, tris. LAG. Diosc. .lib. I.cap. II. Nace en las lagunas Índicas, y fin alguna raíz nada entre las aguas como la lenteja palustre". Según el uso de las abreviaturas en este diccionario, el ejemplo pertenece a la autoridad de Andrés de Laguna y a su obra Sobre Dioscórides. Aunque la sorpresa de más enjundia sobrevino más tarde, enredada en la segunda autoridad. Fíjense bien: “REBOLL. Ocios, Eglog.3. “Copiosas turbas de palustres aves”. ¡Copiosas turbas de palustres aves!
El verso pertenece al Conde de Rebolledo y a su obra Ocios, pero el verso le debe su arquitectura y resonancia a la famosísima aliteración que Góngora construyó en la quinta estrofa de La Fábula de Polifemo y Galatea (1612): “infame turba de nocturnas aves”.
El desconcierto fue doble, ¿por qué este verso, esta copia, este poeta? En efecto, el Conde de Rebolledo fue Jerónimo de Rebolledo, un militar que batalló en Mantua y en Flandes, y en las comisiones de la Guerra de los Treinta Años, donde, se ganó el título de Conde del Sacro Imperio Romano bajo la denominación de Conde de Rebolledo. Escribió un puñado de sonetos, notables traducciones bíblicas, piezas teatrales, obras didácticas, etc. Su figura se revalorizó durante el Neoclasicismo. El propio Leandro Fernández de Moratín lo recoge en La derrota de los pedantes.
Una vez más el diccionario demuestra que la palabra es ahondar en el infinito, arañar en las sombras, con Blas de Otero.
(Ilustración, facsímil del Polifemo, estrofa quinta comentada por Don García de Salzedo Coronel. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).