
El vagón estaba casi completo. Yo estaba sentado (y supuestamente dormido, bien dormido) junto a la ventana. A mi lado iba sentada una señora que llevaba un termo en una bolsa; enfrente de mí un señor con un maletín que vestía con corbata y gabardina oscura. Además, hablaba por un teléfono móvil. Al lado de este señor, una norteamericana cargada con una mochila de grandes dimensiones de la que colgaba una botella de agua, unos llaveros del Che Guevara y una placa con todos sus datos personales. Obviamente, había inspeccionado el lugar del que me iba ausentar por el sueño brevemente. Así que cuando hube cerrado los ojos (no del todo, bien dormido eso sí) y abierto el rabillo del ojo izquierdo, pude comprobar varias cosas que me hubieran sido inexistentes si de verdad hubiera dormido.
La señora comenzó a mirarme intermitentemente, ya que hice el ademán de abrir la boca y respirar con fuerza. Me miró y creo que pudo pensar que estaba abatido a pesar de mi juventud. Comprobé la clemencia en su mirada, en su cuerpo hierático. El señor, que hablaba por el móvil, bajo el volumen de su voz para que no me despertase. Llegó a rozar el susurro y a comentar al interlocutor: “va un joven dormido enfrente de mí, por eso bajo…”. La norteamericana, identificada por su acento inconfundible, se apuntó al juego del sueño. Y empezó a quedarse dormida.
Cuando el tren llegó a su fin, me llevé conmigo el sueño compartido en un vagón, el iris rotundo de una madre y el susurro de un aire que sonaba.
Yo me suelo fijar en los que duermen en el transporte público. Son mucho más imprevisibles que los desvelados: roncan, cabecean, babean... ¡Y hay hasta quien dice cosas con sentido!
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