jueves, 10 de enero de 2008

EMPECÉ UNOS DÍAS ANTES

Hace unos días tuve un sueño que aún perdura. Un sueño de algoritmos y tentaciones tañidas por la zozobra de mi trabajo. Aparecía en una estación desconocida con un libro de cuentos bajo el brazo y abrigado por la espesura de una niebla con caries. Allí mismo quise discernir lo que ocurría; para atravesar la vía tenía que tomar unas escaleras subterráneas que me llevaban hasta el otro lado del arcén. Oscuro, maltrecho, el pasadizo. Asomé la cabeza con cuidado, para entonces llevaba el libro bien sujeto en la mano derecha, apretado debido al desconocido suceso.
Estuve recordando los momentos previos en la estación, antes de que llegara el tren. Un solo rumor que atropellaba mis oídos, una pesadumbre de la estampa que se enroscaba en sí misma, una melodía con aristas que se vislumbraba interminable porque reptaba sobre las vías de los ferrocarriles y se hacía de metal eterno de destino sin fin, de melancolía alambicada. En mi trabajo, pensé, soy otro en otras situaciones, si no aprendo a convivir, en ellos nunca tendré cabida, terminarán por expulsarme, y entonces no volveré a reunirme con ellos, quedaré solo, decrépito y moribundo, leyendo las páginas de un cuento que relata mi desconcierto, el epitafio de mis babas volcadas, formando un vagón de tren repleto de sinrazones. Ellos esconden lo que soy. Soy muchos, pensé, luego puedo sentirme múltiple y delirante, viciado por la perpetuidad a otro orden que no es el que me lleva de continuo.
Enfrentado a la niebla, con el cuello del abrigo sobre las orejas, me dispuse a desentrañar las cualidades de aquella enigmática situación. “Llegaré al trabajo sin más, me veré de nuevo ejercitando mis desdobles, dando resolución a los conflictos que originan estos trámites del destino”. Se me vino a la cabeza Robert Walser paseando por la nieve la tarde misma en que murió, solo y arrumbado por sus pensamientos. No quise apartarme del camino que realizaba cada mañana, de la memoria rutinaria de mis pasos. Tuve que pararme. Abrí el libro y leí lo siguiente: “Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresó en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes”. Lo leí en voz alta, apasionado por el hallazgo, como si acabara de encontrar un ángulo para el disfrute. Sin embargo, cuando levanté la mirada de las páginas, una clase de docenas de muchachos me esperaban para que les hablase de literatura.