jueves, 3 de enero de 2008

RÍOS Y SOMBRAS Y PALABRAS

La semana pasada no dejé de escribir porque no aguantara tanta desmesura en las fiestas, sino porque estuve de viaje. Tampoco lo hice porque los nacimientos milagrosos percutan cada doce meses en el imaginario de los terrestres, sino porque estuve midiendo la capacidad de asombro de mis costumbres. La semana pasada no dejé de escribir porque sufriera una indigestión debida a la gula exacerbada de estos días, sino porque fumé en el Tormes mientras las aguas desvelaban mis sombras. El río de sombra.
No fui a Madrid para sumarme a la manifestación que se efectuó a favor de “la familia cristiana” (no sé hasta dónde van a llegar estos obispos anacrónicos y petulantes, de verbo fétido e ideas hediondas), en todo caso, estuve en Madrid para desalojar de mi ceguera la inválida manía familiar de las navidades. Dice Vila-Matas que los domingos suenan a bostezo caducado y que algo parecido ocurre en estas fechas. Bostezo, incluido los domingos, pero alejado de toda pretensión rutinaria. Mi fiesta estuvo en el metro, en los reflejos que se proyectan en él con cada uno de sus pasajeros. Todos llevamos un doble en el metro, un doble de otro tiempo y otro espacio. Todo ocurre en otras circunstancias bajo tierra, incluida la muerte, incluida la vida. Con esos dobles todo se vuelve a un estado embrionario de posibilidades. De repente, una historia parece aparcarse en una esquina del vagón. Dos enamorados se besan, otros discuten, el pasajero lee, los extrañados desvían sus miradas y la velocidad inunda las acciones. La conciencia de lo pasajero se respira con parsimonia.
La semana pasada no dejé de escribir, estuve tomando chocolate en la Plaza Mayor de Salamanca junto a Torrente Ballester, junto a unos amigos que dispusieron sus vidas para que las empapásemos juntos en el cuadrilátero de la amistad. No dejé ni un solo momento de pensar en el artículo de la semana pasada y de la ausencia injustificada de mis palabras: de la escasa trascendencia de las mismas, del insignificante valor que poseen unas líneas en un periódico cualquiera. No abandoné la idea de escribir en el moleskine el artículo y enviarlo con prisas para no dejar vacío el trópico en que me muevo, pero comprendí que los giros de la vida están acompañados de ausencias, que la ausencia es vértebra indispensable para la presencia. En definitiva, no quise escribir para relatar lo que me ocurría. Comprendí con Ricardo Piglia que debo escribir no para recordar, sino para ver lo que nunca vi entonces.