No fui a Madrid para sumarme a la manifestación que se efectuó a favor de “la familia cristiana” (no sé hasta dónde van a llegar estos obispos anacrónicos y petulantes, de verbo fétido e ideas hediondas), en todo caso, estuve en Madrid para desalojar de mi ceguera la inválida manía familiar de las navidades. Dice Vila-Matas que los domingos suenan a bostezo caducado y que algo parecido ocurre en estas fechas. Bostezo, incluido los domingos, pero alejado de toda pretensión rutinaria. Mi fiesta estuvo en el metro, en los reflejos que se proyectan en él con cada uno de sus pasajeros. Todos llevamos un doble en el metro, un doble de otro tiempo y otro espacio. Todo ocurre en otras circunstancias bajo tierra, incluida la muerte, incluida la vida. Con esos dobles todo se vuelve a un estado embrionario de posibilidades. De repente, una historia parece aparcarse en una esquina del vagón. Dos enamorados se besan, otros discuten, el pasajero lee, los extrañados desvían sus miradas y la velocidad inunda las acciones. La conciencia de lo pasajero se respira con parsimonia.
La semana pasada no dejé de escribir, estuve tomando chocolate en la Plaza Mayor de Salamanca junto a Torrente Ballester, junto a unos amigos que dispusieron sus vidas pa
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