domingo, 2 de marzo de 2008

A AÑOS LUZ...

SONÓ el timbré del piso y al momento la voz invadió mis oídos. Era Manuel Gallego, un antiguo compañero que ha compartido el paso de la “línea de sombra”, lo que Conrad propone como el traslado que sufre la pubertad hacia la madurez.
“¡Ay, Gallego, la vida nos azuza…de tantas formas que nunca sabemos hacia dónde nos lleva, más bien nos turba y confunde! –dije mientras estábamos sentados en la Plaza del Pan, en Sevilla, en una esquina presenciando el espectáculo de la normalidad.
“Tomás…recuerdo que empezamos enfrentándonos a todo, pensando que en algún momento todo se haría más claro con los años. Todo lo contrario, no sé bien dónde ni cómo dispondré mis días; lo que antes era indispensable, ahora no es nada, lo que me sobrecogía ahora me deja indiferente, lo necesario es accesorio, lo fundamental es accidental… ¿tanto hemos cambiado, o sólo es una sensación? –me preguntó Manuel como si yo fuese un oráculo cargado de soluciones.
“He aprendido que antes no sabía pensar, últimamente he aprendido a pensar una y otra vez… o, por lo menos, a saber qué no es pensar. Dice Nietzsche que no hay hechos, hay interpretaciones –quise contestarle con la intención de aclararle algo en el camino.
“Por ejemplo, Tomás, necesito pintar. Necesito volver a sentirme uno con el pincel, los colores, la perspectiva – cuando acabó de dirigirme estas palabras tomó el vaso y le dio un sorbo al refresco. “Así que estoy buscando la manera de recaer en el compromiso diario con la pintura, con la expresión que me hacía, no hace mucho, tú lo sabes” –puntualizó. “Me da pánico aislarme en una soledad absoluta en busca de mí mismo, me da miedo o reparo, no lo sé, el aislamiento de todo tampoco es beneficioso, ¿no?”- aclaró con énfasis.
“En ocasiones, ¿qué ocasiones?, la soledad vislumbra lo que debemos desarrollar y nos ayuda a tener consciencia del encuentro con nosotros mismos. Una vez que has intuido tu perfil serás capaz de observar el resto desde sí, es decir, sin ningún prejuicio equívoco. Si conoces bien el lugar que habitas y ocupas sabrás dónde están los otros límites” –sin ninguna firmeza llegué a crear estos silogismos vacuos y casi incognoscibles.
La tarde era lenta, de otro tiempo. Las manos del pintor acariciaban un libro de fotografías del universo. Por momentos, me sentí flotando en esas galaxias, en la órbita que me presta la amistad de los que aún se preguntan.