lunes, 17 de marzo de 2008

TORRIJA SANTA

LAS FIESTAS en las que todo el mundo se agolpa y adocena no las aguanto. Tampoco las que convierten a las ciudades en recintos destinados al disfrute de la fiesta o celebración o conmemoración que toque según la creencia o el suelo patrio en que uno viva. No consiento las fiestas de exaltación a nada. No reconozco como tales las exposiciones públicas de las creencias o aficiones que de vez en cuando se echan a la calle, como si la calle necesitara de su bullicio y desmesura. Por tanto, no entiendo cómo la Semana Santa todavía sigue marcando una semana festiva en que incluso el acceso a la vivienda se convierte en una aventura digna de la mejor novela bizantina.
Sin ir más lejos, el año pasado, cuando regresé de un viaje por tierras parisinas -donde no vislumbré ni un solo resquicio de incienso-, tuve que reñir con algunos entusiastas para poder llegar a mi casa cargado de maletas (y también, para decir la verdad, de quesos, vino, libros). Me argumentaban que llevaban allí dos horas esperando a la cofradía y que yo pretendía colarme y quedarme con el sitio. Nada más lejos de realidad. Aquí no queda la cosa, durante la Semana Santa no puede uno tomarse tranquilamente un refrigerio en la plaza del pueblo porque resulta que están por las calles, a golpe de tambor, las manifestaciones modernas de la fe, es decir, las cofradías. Porque la fe católica nunca se ha visto más veces en la calle que en estos tiempos de familias verdaderas u obispos políticos. Curioso es el silencio que se exige a los ciudadanos cuando la imagen se encuentra cercana a alguien que sigue su perorata con los amigos sobre los trabajos y los días. Hasta el silencio, que en Sanlúcar ya no existe, se hace público por gracia de los acontecimientos de este calibre. Aunque, evidentemente, salvando alguna que otra virtud artística y cultural a la manifestación religiosa, he de decir que la metonimia de la Semana Santa es la torrija, santa torrija, claro está.
Sólo me gustan las que se maceran con manzanilla. Ni la salmuera, ni el vino blanco ni el almíbar ni la leche han sabido conquistarme cada primavera. Ellas dulcifican cualquier descarrío evangélico y todas las declinaciones pecaminosas. Así que lo único que espero durante esta semana es reencontrarme en el paladar con la exquisitez de la artesanía. A fin de olvidarme, a pesar de ser una tarea imposible, de las sinrazones que azotan a este mundo de espíritus vacíos que buscan el abrigo de la calle para justificar su existencia.