domingo, 23 de marzo de 2008

TORRIJA SANTA (II)

ME VAN a perdonar que la semana pasada los dejara con la torrija en la boca y con la cabeza llena de reproches para estos trasiegos evangélicos. Pensaba yo en la torrija empapada en manzanilla, cuando de repente acudí al pasaje de Marcel Proust, en En busca del tiempo perdido, en que el personaje rememora su infancia cuando está degustando una magdalena en la merienda. Moja su magdalena en un vaso de té y a partir de entonces, las miles de páginas empiezan a darle forma literaria a su vida, la que vivió, la que recuerda y la que escribe. Algo parecido, aunque el tópico se ha utilizado ya muchas veces, me ha ocurrido a mí con la torrija. Ella me ha dado el límite para fondear entre mis recuerdos en busca de los momentos perdidos.
Rafael Alberti cuenta en La arboleda perdida como su pasado quedó concentrado en un camino bordeado de chumberas y de retamas blancas y amarillas llamado, como después él tituló al libro, la Arboleda perdida. Dice Alberti que todo era allí como un recuerdo: los pájaros, el viento; que todo sonaba a pasado, a viejo bosque sucedido. Algo parecido me va sucediendo a mí cada vez que regreso a Sanlúcar. La encuentro tan distinta, sin sus navazos a pie de playa por donde jugué desaforadamente, sin los cañaverales con los que hacía lanzas pertinaces que me convertían en un explorador de las mañanas. Será que todo necesita fijarse en un punto del pasado, de lo que creímos que perduraría, para después escribirlo y sentirnos como ese punto: sucedido, de otro tiempo, de guerras perdidas.
Tiempo de guerras perdidas es el libro que comienza la novela de la memoria de Caballero Bonald. En él deja claro que “las fronteras de la infancia suelen coincidir con las del verano”. Justifica sus palabras recuperando los límites estivales entre las copiosas imágenes que posee de la infancia: un ejercicio que lo lleva desde las calles céntricas de Jerez a la fuerza proteica de las playas de Sanlúcar. Esos límites con el verano tampoco me dan la medida exacta de la infancia, pues más bien recuerdo los veranos como dilataciones del mediodía. Al mediodía, no hace mucho, Sanlúcar guardaba en su seno los misterios de la luz, de la quietud y de lo primigenio. Ella aglutinaba un silencio que se nutría de la templanza con que se forjan los recuerdos que amasan su esencia.
Todavía no he mordido la torrija porque no he parado de escribir a cerca de los recuerdos. Todavía no he mordido la torrija porque sería un maleducado y no se habla ni se escribe con la boca llena. Eso es, llena tengo la memoria de recuerdos inventados, de la costumbre de vivir, de una voz que se debe a lo que fui.