sábado, 8 de marzo de 2008

UNA GRAMÁTICA DE 1926

AÚN no he confesado una de las aficiones que mejor soporto y que más desarrollo: comprar en librerías de viejo. Visitar una librería de lance es una aventura nonata. Nunca sabemos -a diferencia de una librería al uso donde todo está ordenado y clasificado al son del mercado editorial- con qué nuevo volumen vamos a encontrarnos. Todo comenzó hace años, cuando en la facultad nos avisaron de la imposibilidad de encontrar Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, y América en sus novelas, de Morales Padrón. Esa misma tarde fui a una librería de lance con la intención de husmear por sus anaqueles empolvados y repletos de firmas antiguas, jamás con la intención de encontrar esos ejemplares. Los encontré los dos y a un precio ridículo. Desde entonces no he dejado de comprar libros en ellas.
Son muchos los libros que agotados, fuera de colección o publicados en otros países he podido leer gracias a estos parajes de los olvidados. Hoy mismo he comprado una Gramática Española de 1926 por un euro. Es, concretamente, el “libro del maestro”. En su portada reza la siguiente presentación: “Gramática Española por Edelvives, Tercer Grado, obra conforme con la RAE, 1926”. A continuación, si pasamos la página, nos topamos con la siguiente información: “Nihil Obstat, el censor, Jaime Pons S.J, Barcelona, 19 de octubre de 1926”.
A partir de aquí podemos hablar de la historia social de un país a través del estudio de la gramática. El índice general de la obra es ya una curiosidad en sí: ejercicios preliminares, analogía, prosodia, ortografía, sintaxis, de la composición, trozos escogidos para dictado y paremiología.
Los ejercicios preliminares encierran ejercicios acerca de los conceptos que los jóvenes de entonces debían manejar con soltura. Tales son “Dios y mundo”, “trabajo y premio”, “pecado e infierno”, etc. En una suerte de breviario bíblico se suceden una y otra vez juicios del calibre de “el vicio merece castigo”, “la vida del hombre es breve y penosa” o “la muerte de justo es preciosa a los ojos del señor”.
El bloque de analogía se dedica al estudio de la morfología: el artículo, el nombre (se dice accidente del nombre para referirse al género y al número, como antaño), el adjetivo, el verbo, etc.
La parte segunda es la prosodia. En ella se atiende a cuestiones relacionadas con las grafías, las sílabas, el acento, la cantidad y la métrica. Ya en el tercer apartado, la ortografía, se detiene en el uso de las letras, los signos de puntuación, los homónimos y los parónimos. El cuarto apartado es el dedicado a la sintaxis. Comienza por los elementos esenciales de la oración, pasa por el complemento del nombre, los del verbo, la concordancia, la oración simple, las oraciones de relativo y culmina con las subordinadas de todo tipo.
Sin duda, la parte más jugosa y singular -a pesar de las antiguas teorías gramaticales que se enjuician en la obra y que forman parte de la historia de la lingüística en un suerte de palimpsesto para todo filólogo que se precie- se encuentra en el final, en el apartado que abre el apéndice y que parece intitulado como “De la composición”. En él se proponen unas claves para la buena elaboración de una “composición”. De la mano del más estricto sentido retórico, nos lleva desde la elaboración de esbozos y esquemas (recensio) hasta la elocución o estilo, la amplificación o la acción; todo ello poniendo mayor énfasis en la narración, la descripción, la carta y el diálogo.
Por último, cierra la obra una recopilación, “conforme al DRAE”, bajo el marbete de Paremiología, esto es, un tratado de refranes. En él se suceden un ramillete de refranes que tiene su explicación semántica y la indicación de su uso líneas más abajo.
Todos los ejercicios de orden gramatical están ejemplificados con fragmentos literarios, aunque bien es cierto que los fragmentos son de temática monocorde, centrados de lleno en el espíritu de quienes poseían la absoluta potestad sobre la educación…para la ciudadanía. Una golosina, al fin y al cabo.