miércoles, 14 de julio de 2010

Creo que poseemos una pieza escondida en un lugar remoto de nuestra fisiología. Una pieza que bien pudiera considerar un lugar en que descansamos sin conocernos, en que nuestro ser mantiene en consonancia sus esencias. Cuando ese espacio es tornasolado por las artes y el raciocionio, el hombre comienza a desprenderse de sus instintos más primarios y se separa de la tribu. Hurga, palpa, surge el insomnio. Si muriésemos en ese instante, tendríamos los ojos abiertos por la cegadora estancia que nos recorre.
Es un espacio indescriptible, más bien una utopía en su sentido recto. Un línea cuyo inicio y fin son desconocidos y que, acaso como el universo, nos trasciende la inteligencia.


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Se acerca el día en que tomaré un avión hasta Pisa. Allí me esperará un poeta de altura que amenaza con llevarme a algunas librerías que ha expurgado en la ciudad de los círculos de fuego y de la piedra ensoñadora. Los veranos no cobran sentido sin estas estancias de verano en Italia, a pesar del calor y el sofoco. Esta costumbre se ha constituido en un rito de paso, por el que debo encauzarme cuando llega el estío. En el estío me espera la renovada palabra que me advierte de que los días están contados.

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El viaje posee el magnetismo de la invocación a lo vertical.

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Cómo vendrán estas notas de diario dentro de unos días es una cuestión que no me preocupa, porque son ellas las que aparecen y lo revolotean todo y me desalman. Son ellas las que establecen sus cuerpos morenos sobre el huerto blanco que las recoge. Me limito a observarlas, a comprobar cómo el mundo está en ellas y surge con ellas. Que la escritura no pertenece a la vanidad de un escritor sino a su sensible estancia en el mundo y a la observación de la naturaleza. Porque observar un árbol es ejercer de humano. Ver su decrepitud y su renacimiento, comprender la mortalidad. Querer sostener todo eso con palabras, ser escritor.