lunes, 5 de julio de 2010

Réquiem de Mozart.

Después de tantos años, con Dante, le he puesto un escenario al Réquiem de Mozart.


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A la lectura de la Comedia le sucede lo que a los frutos ciertos: hay que dejarlos madurar algún tiempo. Por eso, llevo varias horas sin leer ni una línea de Dante.
He de decir que ha sido tal la imantación que me abriga con esta lectura, tal la sorpresa, que no puedo reprimir la vista y llevarla, al menos, de pasada, al siguiente lance de Virgilio y Dante.
Sería imposible e inacabable este escribir la lectura si quisiera ir glosando cada elemento que a mi juicio resulta significativo en esta obra. Por este motivo, aligeraré las notas y las centraré en cuestiones más generales, en pasajes más gruesos. Pero es tal la profundidad y la inestabilidad que siente el lector, que uno siempre está tentado a escribirlo todo, a leerlo todo a pesar de que las páginas expelan el hedor del infierno dantesco.

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No sé el motivo, pero me he llevado todo el día recordando a Sándor Márai. Será porque llevo varios días sin M. y los hábitos han cambiado bruscamente hacia mí mismo. Decía Protágoras que el hombre es la medida de todas las cosas y ese aserto se está cumpliendo con demasiado esmero por mi parte.
Debo salir de la casa. Respirar en la calle. Observar el color que se muestra en el cielo y agudizar el oído para aprender de los pájaros. Quizás obtener la sedosa melancolía del viento sobre la piel. Y dejarme en la casa, desasirme y levantarme a lengüetazos.

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He vuelto del paseo. He comprado pan, cervezas y agua, pero no he podido quitarme a Márai de la cabeza: esos días de latrocinio internos. Me apropié de la vida última de Márai a través de sus diarios y todavía hay quien me reprocha que vuelque las energías en escribir estas notas. ¿Qué escribo entonces?, pregunto siempre. ¿Si escribiera una novela, qué ganaría?. Esta escritura diaria es cuestión de musculatura mental, de higiénica manía para un lector. No he encontrado un espacio en el que expresarme mejor que en estas letras, ya amontonadas, ya desarraigas de ellas mismas.
Si las leemos de un tirón, ¿a quién rinden cuentas? Si alguna vez escribiera una novela o un relato largo quisiera que fueran, al menos, tan vibrantes y necesarias como lo son estas líneas.
Ahora lo recudo nítidamente, insistía poco en su labor literaria Márai. Él ya no era Márai, era un alter ego, un holograma que habitaba en su presencia. Algo parecido me sucede estos días de reclutamiento. Abro un libro, lo dejo. Vuelvo a Dante y de repente se me ocurre escuchar a Mozart y comprobar que, desde la primera vez que escuché el Réquiem supe que algún escenario le pertenecía. Y sin saber tampoco la causa, rompo a llorar, con énfasis, sin contemplaciones. Cuando todo termina abro las alas.