sábado, 3 de julio de 2010

Dante nos hace Dante.


Hablo con M. desde Perugia una vez que se ha instalado allí y me quedo retraído y confuso a pesar de que me atraviese una alegría incontrolable. En Italia la luz que golpea en las piedras nos devuelven en limpio los siglos y esa apología del tiempo arrastra con la necesidad de volver allí continuamente.
Volveré pronto, aunque antes tenga concertada una visita con Virgilio que, dicho sea de paso, espero cargado de emoción. No siempre puede uno descender por las calles florentinas acompañado de un amigo excepcional y literato puro.
Sin embargo, hace poco presenté en Jerez de la Frontera, con la colaboración de la Fundación Caballero Bonald y la librería La luna nueva, El huerto deseado. A pesar de que M. ya estaba en Perugia y de que esa circunstancia me produjo una amnesia circunstancial, pude reconducirlo todo al frescor de los árboles que habitan en aquel jardín majestuoso. Además, de vez en cuando, se encuentra uno con un compañero, Juan Carlos Palma, que atina con sus palabras a describirnos como si estuviera utilizando un escarpelo. Entonces sucede que, por de dentro, las entrañas se revuelven y se convierten en estaciones del viento.
Esa edad de la luz que se transforma en Italia es la que habría que verter en los poemas, para que fueran uno y todo, para que fuesen tiempo acumulado en la palabra, destello sin pausa.

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Hace poco compre una edición excelente de Confesiones, de San Agustín, a cargo de Alfredo Encuentra Ortega (Gredos, 2010). Lo hice porque había leído que el único libro que acompañó a Petrarca durante toda su vida fue el escrito por San Agustín.
Petrarca nunca escondió la enorme influencia que ejercía en él los pasajes de aquel volumen que contiene la escalada y la profundización de un ser humano contada como pocas veces ha ocurrido. Sucedió que estando Petrarca en Mont Veroux, en 1336, maravillado por el paisaje que tenía enfrente, quiso recordar las palabras del de Hipona en el pasaje de X 8, 15 que reproduzco:
“Grande es este poder de la memoria, demasiado grande, Dios mío, un depósito interior amplio e infinito. ¿Quién ha llegado a su fondo? Y éste es el poder de mi espíritu y pertenece a mi naturaleza, y yo mismo no abraco todo lo que soy.” Estas palabras principian el pasaje y rinden cuenta de la importancia de la conciencia personal y de la memoria. Hay en ellas unas palabras memorables, (“Yo mismo no abarco lo que soy”), que, más allá de cualquier interpretación neoplatónica o de orden filosófica encierra un axioma insoslayable para todo aquel que convive con su yo en el mundo.

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Sin embargo, las palabras que tuvo en cuenta Petrarca fueron las siguientes: “Y va la gente a admirar las cumbres de los montes, y las olas enormes del mar, y los cauces amplísimos de los ríos, y el rodeo del Océano, y los giros de las estrellas, y se olvidan de sí mismos”. Tras leer el último aserto, que tan presente tuvo Petrarca, yo quisiera dejar escrita unas palabras que aúnen los deseos del santo con el mundo actual. ¿Qué sucede, me pregunto, cuando uno no se olvida de sí mismo y tanto se esculca que aprende a rodear los paisajes de la tierra como si fueran su alma toda, sin las que no pudiera contemplarse profundamente?

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En el canto VIII de la Comedia todo es palidez y miedo y fango. El rostro de Dante empalidece
cuando se aproximan a Dite (el Hades). Desde allí observan unas mezquitas prendidas como fraguas. El río enfangado que acaban de atravesar estaba repleto de perros, puercos y cieno, devolviendo, otra vez, la animalización a los malhechores.
Otro personaje florentino aparece en la obra: Filipo Argenti dei Adimari. Estos Adimari fueron los que se hospedaron en la casa de Dante tras su exilio. Y tampoco podemos perder de vista que los siete primeros cantos fueron escritos en Florencia, antes de su exilio, ya mencionado.
Cuando están próximos a la entrada, los allí presentes increpan a los nuevos visitantes: “¿Quién es este que sin muerte/ va por el reino de la gente muerta?”. Después de este pasaje se produce el prodigio: “Piensa, lector, el miedo que me entró/ al escuchar palabras tan malditas/que pensé que ya nunca volvería”. A Virgilio le dicen esos seres de ultratumba que no puede pasar quien no haya muerto, es decir, debe dejar sólo a Dante. En la conciencia del escritor siempre están presentes sus lectores, Dante nos hace Dante, como Cervantes nos hizo cervantinos. Siempre la conducta moral y ejemplar que transmite en su escrito: “Piensa, lector…”, increpa al lector que se convierta en ficción, en alegoría, materia propia del visitante del Infierno.