domingo, 4 de julio de 2010


He imaginado que contemplo la Toscana desde una alta colina y que los árboles doblegaban el horizonte a la curvatura de sus ramas; que escuchado con la nitidez de una fuente peregrina, los pasajes interiores de mí mismo. He imaginado un paseo junto a M. a lo largo de la Villa Mèdici junto a la templanza de un albero en flor. He imaginado, quieto y moribundo de aliteraciones, el sonido de los versos sobre Florencia. Asomado a los senos de Venecia, he usurpado sus más candentes piedras y las he llevado a la memoria para fundirlas y poder contemplar, como un nuevo visitante, su belleza toda retenida y sin experiencias. Fui lobezno en Roma con garras de siglos.

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M. me escribe desde Perugia y noto en sus palabras la libérrima presencia que otorga una lengua nueva en el individuo. Una lengua es el mundo y descubrir un mundo que se levanta es un acontecimiento inefable.

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A veces tiene uno la sensación de haber llegado demasiado tarde a ciertas lecturas. No es el caso de La Divina Comedia, ni de El Quijote ni de La Odisea, por ejemplo. Son obras sin edades, que deben leerse más bien a una edad en la que uno haya adquirido algunas experiencias necesarias.
Escribo experiencia porque una de las cuestiones que sobrevuelan la obra de Dante, y que acabo de leer en el Canto IX, consiste en que Virgilio ya estuvo en el Infierno anteriormente y que se debe, a esa experiencia que Eritone provocó, su audacia y su condición de ilustre caminante de senderos escabrosos.
Virgilio es, por tanto, un guía experimentado al que Dante confía sus pasos por un lugar intransitable y del que asume toda la complejidad. “Verdad es que otra vez estuve aquí”, afirma Virgilio. De esta forma, cuando me estaba refiriendo a la lectura de ciertas obras capitales, me refería a la condición virgiliana del caminante experimentado.

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Creo que Virgilio encierra el mejor ejemplo de qué es ser un lector experimentado. Es aquel que, aun sabiendo del camino sus dificultades y trazos, elige lo trascendental, se ciñe a lo más importante. De esta forma, el discurso de Dante está plagado de elipsis: “Dijo algo más, pero no lo recuerdo”, sabe que, sean cuales sean las palabras del maestro, poco valen para la próxima estación si la memoria no es capaz de asumirlas como vida propia.

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De nuevo lo vivífico de Dante: “Vosotros que tenéis la mente sana,/observad la doctrina que se esconde/ bajo el velo de versos enigmáticos”. Estos son, sin lugar a dudas, los versos que mejor se adecuan a la lectura de este libro. Son una clave de bóveda, una cifra explícita que debe ser escrita por el lector.

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Han dejado a los herejes en el Canto IX y llegan al Sexto Círculo. En éste van a encontrarse con los heréticos. El primero que se señala es Epicuro y todos los que siguieron las enseñanzas epicúreas. Entre estos personajes, se encuentran algunos individuos florentinos. He ahí la sinuosa manera de Dante de advertir, en la corriente continua del hombre, los casos de sus contemporáneos. Esa habilidad es prodigiosa, envidiable hasta el exceso. Dante ve a Farinata degli Uberti, con quien dialoga por unos minutos. A esta escena se suma el padre de Cavalcanti, Cavalcante dei Cavalcanti, pertenecientes a los güelfos y epicúreo confeso. Por último, Federico II y sobre todo, Ottaviano degli Ubaldini, obispo de Bolonia y odiado por los güelfos. Todos, bajo la maestría de Dante, son uno, a pesar de su lejanía en el tiempo.
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Sobre la mesa los libros son mudas estatuas que ni siquiera puedan contemplarse. Meros objetos decaídos y líticos, que urgen de un lector que los reviva y reconduzca. En esa imposibilidad de atender a todos, me limito a airearlos, hojearlos, oxigenarlos. Con ese ejercicio, al menos, mantendrán sus musculaturas aliviadas. Lo siento, soy hombre.
*Ilustración, Dante y Virgilio en los infiernos, Delacroix.