viernes, 9 de julio de 2010

De un poeta más avejentado y que ha publicado un puñado de libros siempre espera uno alguna lección. Las lecciones de los escritores más experimentados pueden ser diversas y de distinta índole: personales, estrictamente literarias, circunstanciales, pero otras pueden que no lleguen nunca, bien por la incapacidad del señor o por la absoluta falta de entendimiento del joven.
Ayer fui a la presentación de un libro de poemas con la esperanza de que fuera a terminar anotando alguna sentencia, algún libro o alguna reflexión que sólo puede vislumbrarse desde las almenas de la edad. Antes al contrario, todo fue una incomodidad en aumento, pues el poeta no hizo ninguna construcción venerable con sus palabras y pensamientos según creo.
Todo el discurso se mantuvo por una fuerte impronta anticapitalista y de aspiraciones pseudocomunistas que nada nuevo trajeron al lugar en que se celebraba el acto. Más bien parecía que estábamos en un pequeño mitin, en una pequeña reunión clandestina de subversivos en que un periodista nos relataba algunos de sus artículos en voz alta. Porque esa fue la sensación del recital, un recital de prensa que ajustaba cuentas con la sociedad que le ha tocado vivir y un recital de puesta en escena de algunos pensamientos antireligiosos que pocas luces contenían.
Por este motivo, cuando uno asiste a una presentación de un libro y desde el comienzo el poeta y el presentador están ajustados a la actividad literaria con luces, con deseos de inflamar la escena de literatura, saca uno su nuevo moleskine y comienza a notar como un profano, como un allegado a las letras. Eso no ocurrió ayer, mas espero que suceda pronto, porque escasean los que saben ejercer de maestros, de verdaderos maestros.

***

Al llegar a la librería, lo vi y pensé que era el título que mejor se ajustaba a la situación. Agarré el volumen, que alguien había escondido detrás de otros (yo mismo lo he hecho en demasiadas ocasiones que luego no han terminado como debieran, pero cambiar el orden de los libros es como cambiar el orden del universo), y lo compré. Me decidí porque el libro lo principia una cita de Heráclito.
Antes de llegar a casa ya había leído lo siguiente: “Un día hay vida. […] No nos queda otra cosa, la irreductible certeza de nuestra mortalidad”. Esta frase bien pudiéramos atribuírsela a un filósofo, pongo por caso a Kierkeegard. Pero pertenece a un novelista y en las novelas no existen sistemas filosóficos cerrados ni propuestas de pensamiento hermético.
El primer párrafo es de una profundidad talentosa y debería anotarlo en este cuaderno para que pueda leerlo cuando me venga en gana, debería cimentarlo en esta celdilla para que la larva vaya apropiándose de vida. Es una reflexión de la muerte cuando llega sin señales, cuando provoca esa confusión tan difícil de aprehender para el ser humano. Cuando la vida se transustancia en muerte sin más ni más. Este párrafo de Auster, en La invención de la soledad, es un prodigio.



***
Las abejas lo han hecho rápidamente, sin aspavientos, en silencio, como si hubieran estado preparadas para ello durante estos meses anteriores. Lo han construido en un rincón de la pared del exterior de la casa. Me acerco, con cuidado, y observo cómo están arremolinadas a la vez que siguen, sin cesura, trabajando en el hogar. Están revueltas y parece que han notado mi presencia, que se han visto perturbada por un observador indecente. Todo se para, sus alas, sus cuerpecillos delineados, sus vibrantes jugueteos, sus caricias. Una sale en volandas de la reunión avisando al invasor de la defensa preparada. Gira alrededor de mí en varias ocasiones y se vuelve al panal. Las celdillas, pocas y endebles, me recuerdan a los versos del libro que estoy corrigiendo. Quizás he salido a la calle como esa abeja asustadiza, para decirle a alguien, a no se sabe qué invasor, qué bárbaro de lengua impía, que estoy en construcción, en creativa postura ante el viento.