jueves, 1 de julio de 2010

Ciacco, el guloso que cayó ciego.


En el Canto VI del Infierno aparece, por fin, la primera referencia a la ciudad que provocó no pocos disgustos a Dante. Hablamos de Florencia, ciudad que visitaré en breve y en donde encontraré, si los astros son propicios, un guía a la altura del mismo Virgilio. Ese guía, que expurga los versos de Dante al mismo tiempo que lo hago yo, me tiene deparado un descenso literario a los círculos de la estética dantesca. Así que quiero ir como ese personaje que ya ha adquirido la experiencia de la galería de círculos que nos depararán el resto de los años. No quisiera ser yo un leo que desembarca en la ciudad sin ninguna lectura de Dante o un zote que pretende entender la belleza petrea de Florencia sin atender a las profundas y fislosóficas cuetiones que la atravesaron.
Pasearemos los libros de Dante junto a las interpretaciones que vayamos extrayendo de las lecturas confrontadas. Intentaremos atisbar qué se esconde en esa sintaxis protoitaliana, enrevesada y nada fácil para la traducción, y que señala y sugiere un mundo completo y alegórico.

Estoy aprendiendo que el pacto ficcional de una obra literaria con el lector comienza desde las primeras sílabas. Si en esa propuesta, -como sucede en El Quijote, La metamorfosis, En busca del tiempo perdido o La Odisea, por ejemplo-, la obra ofrece la magnitud y las virtudes necesarias, se habrá convertido en un terreno circular, sobre el que se puede leer interminablemente. Si eso no sucede y la obra necesita de todo un corpus de líneas, capítulos y fragmentos para su construcción, la obra será mediocre en su sentido estricto.

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El ciudadano florentino es Ciacco (según la edición hay quien lo identifica con el poeta Ciacco dell´Anguilliaia) y está condenado por la gula que lo recorre. Dice Dante: “Ciacco, tu tormento/ tanto me pesa que a llorar me invita,”.
Por unos momentos, el propio Dante siente compasión por el condenado, ya que siente que su ciudad está sufriendo los hechos mal avenidos de los blancos y los negros. Estas guerras que acontecen en la ciudad florentina, y que terminan en 1302 con la victoria de los blancos gracias a la ayuda de Bonifacio VIII, provocaron el exilio de Dante.
Al hablar de exilio siempre recuerdo a Ovidio, el poeta exiliado por antonomasia de la antigüedad. El poeta que conminó al emperador a que no le quitara, como cita Guillén, el sol de los desterrados. El caso es que, si para Ovidio, el sol, la luz del cielo eran el paisanaje natural de su vida, Dante irá encontrando en el mundo de las sombras y de los hedores, la gracia de la suya en el mundo terreno. Es el mismo círculo, pero recorrido en dirección inversa.

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Cuando andan despidiéndose Dante y Ciacco, en un pasaje en que Virgilio parece mudo ciertamente y en que toma la iniciativa el alter ego de Dante, Ciacco le arroja un deseo: “te pido que a otras mentes me recuerdes”. Podríamos decir que, incluso en la tierra de las sombras y de la espera infinita al juicio, los hombres contienen deseos. Estos son los que hacen que se levante a tientas y que puedan articular las palabras con un sentido completo. El deseo, de nuevo, es el estado natural de las palabras.
La importancia de la memoria es uno de los temas fundamentales de esta obra que comienza, precisamente, advirtiendo de que se están preparando para entrar en un mundo en que no existe la memoria. La memoria, por tanto, para Dante y Virgilio es la plena conciencia de la mortalidad, la escansión que realizan los humanos del tiempo que los envuelve y perturba. No en vano, escribe Dante al inicio del Canto II: “Memoria que escribiste lo que vi/ aquí se advertirá tu gran nobleza!”, por lo que la memoria es el cedazo por el que recupera la experiencia.

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Borges fue un apasionado de Dante y de ahí sobrevinieron sus Nueve ensayos dantescos. Creo que Borges era un privilegiado para contemplar el universo dantesco, ese vasto imperio de las sombras. Por ese motivo, no me resisto a citar a quí una continua manía de Dante, enigmática pero sobrecogedora, y especialmente literaria. Al final del Canto VI, con Ciacco devuelto al fango, al hedor y a la ceguera, vuelve a decir Dante: “[…]seguimos nuestra ruta/ hablando de otras cosas que no cuento”. ¿Qué daríamos por conocer esas palabras innombradas?
*Ilustración, Dante y Bonifacio VIII.