martes, 29 de junio de 2010

Leíamos por deleite, Francesca y Paolo.

El canto V del Infierno de Dante merece varias relecturas. Así lo hago, detenidamente, pausando las retinas en cada verso, en cada concepto alegórico que muestra esta magna obra literaria. En este Canto ya ha descendido al segundo círculo, lugar en el que se encuentran los lujuriosos. Desde el principio, Dante quiere dar la impresión al lector de que los círculos van achicándose, por ello dice: “al segundo que menos lugar ciñe”.
Ese lugar que ciñe menos espacio está custodiado por Minos. Virgilio le pregunta por qué ha gritado tanto al nuevo visitante y, tras las imprecaciones del guardián, exhorta Virgilio: “así se quiso allí donde se puede/ lo que se quiere”. En esta contestación llevo varias horas enfrascado, meditando su alcance. Virgilio está confiriendo a la voluntad, al deseo, el volumen de las actuaciones. En definitiva, el lugar en el que se realizan los actos es el mismo en el que se pueden realizar esos actos. Porque, desde luego, en los círculos infernales, todo está acogido a la voluntad suprema y a la que nada puede hacer cambiar.

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Toda vez que abandonan las inclemencias de este guardián, comienzan a penetrar en el círculo. ¿Cuál es la descripción a la que se agarra Dante? Sorprende que la “mudez” sea siempre la primera impresión que tiene el visitante: “Llegué a un lugar de todas luces mudo”. Un lugar mudo sacudido, sin embargo, por personajes que gritan, blasfeman y maldicen su situación en ese espacio infernal e interminable al que seguirán ligados.
Mudo era Virgilio, casi sombra, mudos son los círculos en sí mismos. La palabra en ellos se diluye y transmuta en esencia, en acción. Porque siempre fue la palabra la acción primera, la que ejerce y transmite esa voluntad de la que comencé escribiendo.

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Por último, al final del canto, se reseña la historia famosísima de dos personajes conocidos por Dante. Anteriormente, se ha nombrado a Elena, Cleopatra, Paris o Semíramis junto a leyendas como Tristán. De todos estos personajes, Aquiles es el que menos comprendo que esté situado en este círculo de la lujuria. Dice Dante: “al gran Aquiles/ que por Amor al cabo combatiera”. Es decir, considera el autor de la Comedia que la cusa última del destino de Aquiles es el Amor. ¿El amor por Polixena, su amante?¿Por Patroclo, Briseida? ¿El amor por su propio destino inmortal? No llego a comprender esta cita de Aquiles en este lugar. Es del todo enigmática.

Antes de terminar con su descripción, se ciñe Dante a dos personajes conocidos: Francesca y Paolo Malatesta. Estos dos personajes, asesinados por el marido de ella, relatan a Dante sus acciones. En un pasaje, en el que cuentan cómo estaban leyendo una novela famosa del siglo XII, dicen lo siguiente: “Leíamos un día por deleite”.
La lectura como ejercicio deleitoso, en pareja, en ayuntamiento que desata las pasiones toda vez que están leyendo un pasaje de amor del caballero Lanzarote. La lectura, en la obra de Dante, como un impulso a la lujuria, como un terreno potencial para las fisuras de aquellos que deleitan sus días con letras y sueños de otros tiempos.