viernes, 25 de junio de 2010

Nunca antes fuimos tan serviles a la inutilidad en todo. Esa tendencia de la sociedad actual que ilustra la cadencia hacia la utilidad práctica es una consecuencia de la hipertecnologización del momento.
Italo Calvino lo ilustra adecuadamente cuando habla de Leopardi, de su biblioteca y de su culto inalterable a la antigüedad griega y romana. Dice Calvino que Leopardi sólo leía a los autores clásicos como Lucrecio, Ovidio o Virgilio y que los novísimos de su época, las novedades editoriales quedaban al margen.
Utilizo este ejemplo porque nos encontramos en un estadio opuesto al que propugnaban autores como Leopardi. En la actualidad, hay escritores que sólo conocen a los escritores de ahora y profesores de universidad que, sin haber leído ni a Lucrecio ni a Ovidio ni a Virgilio ni a Leopardi viene a llamarse catedráticos de Literatura, cuando lo que han estudiado son las migajas de un puñado de escritores de medio pelo de no se sabe qué región o que han ganado algún premio literario.
Cuando un poeta le pregunta a otro sobre la utilidad de la poesía, siempre recuerdo unas palabras de Ciorán que no necesitan más glosas: “Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. `¿De qué te va a servir?´, le preguntaron. `Para saberla antes de morir`”.

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Como un arcano voy tocando los lomos de los libros que posan en la biblioteca. Lo hago como si estuviera manipulando un muro compuesto de desvencijadas palabras.
Llevo pensando varios días sobre la pregunta que me dirigió J.S.M hace unos días acerca de la dirección que están tomando estas notas del trópico y sigo sin respuesta clara. No sé si a estas alturas aún sigo descendiendo con Dante y junto a Virgilio hacia un círculo del que no tengo siquiera la medida de su circunferencia.


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He comenzado a escribir dejando sobre la página en blanco tres o cuatro palabras. He querido hacer un ejercicio de metamorfosis. A partir de esas cuatro palabras, he comenzado a urdir un texto más extenso, hasta el punto de que ya no recuerdo ninguna de las palabras primigenias. ¿No será ese el destino de la poesía, agarrarse a una verdad que fue evidente pero que, con las palabras, resulta emboscada?
Pienso en los poemas que hace unos años me deleitaban y no encuentro más que vaguedades y juegos de artificio que no conducen a ninguna aseveración necesaria. Sólo vacuos recursos que se terminan en sí mismos; sólo serpentinas al aire, al aire ligero de la ingravidez. ¿Significa que existe la superación? Nunca un término fue tan inapropiado en literatura.


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En el canto IV de Divina Comedia, cuando Dante ha detallado el nombre de algunos personajes heroicos como Héctor, Eneas o Bruto, comienza con algunos filósofos. De todas las menciones, me llama la atención lo que dice de Demócrito: “[…] que el mundo pone en duda”. Será esta negación la leyenda que Diógenes Laercio recoge en su Vidas de Filósofos ilustres y que insiste en que Demócrito se arrancó los ojos para poder contemplar el mundo sin resquicios sensitivos.