miércoles, 16 de junio de 2010

Sin conocer su origen, ni atender a su procedencia, sin atisbar hasta cuándo cesará en su empeño, escribo como un hipnotismo nauseabundo que no distingue la felicidad de la genética.

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Ya están los girasoles tornados hacia la luz. Han surgido del oscuro peregrinaje de la tierra. En silencio, sin estridencias ni vacuas melodías. Como los elementos de la tierra, la palabra debe hacerse de barro, de viento, de misterio. Y sucederse ella misma. En sí, suficiente. Tornasolada hacia la luz. Arrojando luz.

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Algún día estas palabras serán más yo que yo mismo.

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Sigo reflexionando sobre la mujer de E. Hopper. Me detengo en la composición de la pintura. Pienso en todas las líneas que trazan la obra. Y las traslado a la vida, como si la vida fuera ese tapiz incandescente que se pliega y esconde en el colorido. Es algo parecido al tiempo, a su rugido interno, siempre está sesgado y retraído en un minutero y en unas semanas. Creo que el cuadro de Hopper transmite precisamente esa lasitud de la soledad: esa mujer es la soledad misma.