lunes, 7 de junio de 2010


Quería concebir la realidad de aquel espacio con solo nombrarla. Quería realizar ese experimento cotidiano que consiste en hacer una lista de palabras que forman la realidad. Estaba sentado en una plaza, una plaza que ocupa el centro del pueblo. Me acompañaba un fresco vaso de manzanilla y la libreta de marras. Comencé a anotar sustantivos en una lista que pretendía, al fin, suplantar en la memoria el transcurso de aquella mañana.
Recordé, antes de comenzar a escribir, las palabras de elogios que le dedica Foucault a Borges en el inicio de Las palabras y las cosas. En esas líneas, el filósofo francés elogia la capacidad de Borges por inventar listas de sucesos, plantas, objetos de reinos antiguos y cómo éstas son tomadas por verdad.
De la misma forma, me quedé meditando acerca de la relación entre las palabras y las cosas y dudé demasiado en colocar esa conjunción en estas reflexiones del diario: las palabras cosas o, mejor, palabras-cosas.
Así que, después de sopesar las distintas tendencias, monistas, dualistas e integradoras, que articulan la invención de la realidad asida a la palabra y a la inversa, procedí a hurgar en el segundo grado de adquisición de conocimiento: la memoria.
La memoria vehicula el conocimiento en segundo grado de abstracción, porque, como decía el mismo Borges, el recuerdo de la realidad que mantenemos en la memoria es el último recuerdo del mismo, ni siquiera el primero. De esta forma, teniendo en cuenta este proceso de configuración de la realidad que fecunda la memoria en su última estación, comencé a escribir las palabras-cosas. Y de todo ello, sólo recuerdo ´la conciencia de haber escrito, nis siquera un puñado de palabras-cosas-

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Con la libreta repleta de palabras-cosas, quise ir más allá en el ejercicio. Imaginé que tenía que imaginar aquel espacio como si fuera el primer individuo que lo estuviera contemplando. Y ahí surgió el placer de escribir. Era el primer homínido que nombraba y tenía toda la libertad para decir que silla era mamut o que paloma era cornucopia. Daba lo mismo, era el primer nombrador del mundo, de aquel mundo, el dador de palabras cosas primeras. Sin embargo, había un error de principio, un error terrible para el hombre moderno, la incapacidad de nombrar algo nuevo, ni siquiera en la obra de ficción.

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Cuando hubo terminado el ejercicio, arreciado por los tragos de manzanilla que había completado, recordé la literatura, porque hasta ese momento me había olvidado de ella. Lo hice tomando conciencia de su naturaleza verbal, de su esencia lingüística, pero , sobre todo, tomando conciencia de la trascendencia que hay en utilizar un término y no otro, un adjetivo y no otro, en un poema. Porque el cielo se pliega a los sones del verso.