lunes, 28 de junio de 2010

En el autobús, sofocado por una calorina intensa, leo el libro que acabo de comprar. Voy solo acompañado, únicamente, del viento que penetra las ventanas abiertas y que lo alborotn todo, como si el ha´bitáculo fuera una de las escenas de Juan Rulfo: áridas y desanimadas.
Llevaba algunos meses al acecho y, de un tiempo a esta parte, medito, como un felino, qué presa voy a cazar. Comprar libros se ha convertido en un ejercicio detectivesco, ya que expurga uno todas las ediciones que se han realizado hasta el momento y lleva a cabo una collatio de las distintas versiones que algunos textos ofrecen. Obviamente, esta acción conlleva semanas, a veces, meses, pero la recompensa es fenomenal: se queda uno con la pieza más justa.
Confesiones, de San Agustín no es un texto que merezca menos atención, antes al contrario. Así luce sobre la mesa una espléndida edición, actual, del texto agustino.
Reconfortado por haber dado a la caza alcance, me quedo sorprendido por una coincidencia del libro agustino con el Tristam Shandy, de L. Sterne. Ambos libros, en sus páginas iniciales, se remontan a un estado prenatal. Al preguntarse por un estado anterior al de su nacimiento se refiere a su estancia en las entrañas de la madre: “Es acaso aquella que yo pasé en las entrañas de mi madre? Pues también de ésta me han sido narradas no pocas cosas”. Sterne se agarra a su ácida palabra para reprochar su nacimiento a la voluntad de sus padres; el de Hipona, sin embargo, menciona el estado prenatal como una conciencia de la dulzura y de la existencia divinizada.

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¿Letras, letras, a dónde se dirigen con sus cesuras? ¿Qué hay entre ellas más allá del silencio blanco? ¿Qué las ampara para morder la retina del otro?

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Algún día dirán más de mí que todas las imágenes. Y serán marinas y de piedra a un tiempo. Como un girasol desnudo y taciturno, se mostrará una corona de amarillos solemnes en la que, por poco tiempo, refulgirán las virtudes de lo humano.
Una raíz brota de mis manos cada vez que escribo en este cuaderno, cada vez que asumo que predico la voluntad de alguien desconocido pero deseado. Este deseante anónimo, porque no somos más que prédicas del ser, dejará de mostrar las covachas de su sumisión a la vida.