martes, 22 de junio de 2010


La mortalidad no es algo connatural al hombre. El hombre debe aprender, por tanto, a apropiarse de ella. Cabalmente. La mortalidad es una cuestión individual, del sujeto, pero, igualmente, social, plural. Como afirma Javier Gomá Lanzón, consiste en conjugar Emilio, de Rousseau con Ser y Tiempo, de Heidegger.
Ese aprendizaje no deja nunca de brotar en los ojos de quien atisba, desde joven, qué es ser. En esa pregunta se encierra un aserto continuo, indescifrable e inefable. En cualquier caso, incognoscible. Es un proceso sin origen que deviene de la inteligencia y la razón y que se tiene que ejecutar cada día, sin dilaciones, sin concesiones, porque uno comienza en esa estancia sin saber a dónde ni cómo ni al fin.

La mitología es la plegaría a la disolución de la mortalidad. Por ejemplo, Aquiles. Este héroe está poseído por la trascendencia y deja su estado, su ser mortal, por la permanente presencia en la memoria humana. Fíjense que digo memoria humana, ya que la memoria es un ejercicio especular: es una y es múltiple. Con que un solo hombre recuerde el hecho de otro, trascenderá la mortalidad. En este sentido, el poema de Borges es paradigmático, al final del poema de los dones leemos: “¿Cuál de los dos escribe este poema/ de un yo plural y de una sola sombra?”.
Desde esta perspectiva, la palabra, como medio de comunicación que aúna la condición biológica y cultural, es el soporte de estas disquisiciones. El lenguaje entendido como un sistema de comunicaciones proteico.
Ahora bien, la palabra poética, la literatura, posee recursos de la música, derivaciones de la música, espectros que comparte con la música. Porque la palabra supo de su mortalidad y se abrigó en la trascendencia de la música, como el hombre aprendió su condición. La música es la aritmética de la mortalidad, porque ella, mejor que ninguna otro elemento de la tierra, comparte la materia del mortal y su condición plural.
Hoy, por unos momentos, mientras escuchaba en el trabajo un cuarteto de cuerda de Beethoven, mientras rugía el foro y las palabras se diluían en el cliché, anoté estas palabras en mi cuaderno, en esas hojas que, una vez terminada la jornada, me advierten, de forma preclara, sobre la condición que jamás debemos dejar en el olvido.

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Lo más sorprendente son los colores y el plácido rictus de San Jerónimo en la pintura de Jan Van Eyck. Aparece con el capelo o galero cardenalicio y acompañado en la composición de muchos de sus símbolos: un león manso, unos libros, materiales para la escritura, etc., La pose delicada y ensimismada del personaje se complementa con la sublime mano que empuja unas páginas del libro que descansa sobre el atril. En ese mundo del hombre se encierran muchas lecturas y la disposición de la obra puede mostrarnos rasgos del hombre que las protagoniza. Bien es cierto que desde una idealización, la lectura es el fenómeno capital de este tipo de secuencias pictóricas. La lectura como fundamento del conocimiento. La lectura como un ejercicio individual que termina siendo compartido con el resto de la sociedad. De nuevo lo uno y lo diverso.
Hay una nobleza y una humanidad que traspasan las connotaciones religiosas. Es un hombre, un hombre solo apoltronado y atendiendo al dictado profundo de un libro. El ejercicio más rotundo en estos tiempos de mareas y modas pasajeras, de tanta rotundidad en los criterios y tantos sabiondos de tristes guerras personales.

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En el canto I de la Divina Comedia, realiza Dante algunas descripciones que merecen una atención más pausada. Justo cuando vislumbra la figura de Virgilio dice lo siguiente: “Apiádate de mí –yo le grité-/ seas quien seas, sombra y hombre vivo”.
Qué magnífica forma de comenzar una apreciación sobre un poeta: sombra u hombre vivo, ¿equivalentes, acaso, en su concepto? Por último, y no poe llo menos importante, escribe: “se me mostró delante de los ojos/alguien que, en su silencio, creí mudo”. Por tanto, Virgilio es para Dante un ser del silencio, un holograma, una sombra que fue hombre y que convive en ese terreno intermedio en que la palabra se achica y enmudece.