sábado, 26 de junio de 2010

La reflexión sobre la realidad es la reflexión sobre el lenguaje. Son procesos indisociables. Sístole y diástole.


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A escondidas, se recogen en estas páginas las más recelosas de las manías. La lecturas, el amor, las ciudades, el campo, los prodigiosos escritores, los gestos antagónicos y alguna que otra displicencia a trucos de prestidigitador.
Después de varios años calibrando el tono y la medida de estas páginas, me he visto incitado a devolverlas a lo más íntimo, a desgajarlas del foro público.
Esta disyuntiva me ha conducido, igualmente, a reflexionar sobre lo público en esta sociedad moderna e, incluso, a leer alguna bibliografía al uso que me aclarara los usos propios de las civilizaciones antiguas. Por ejemplo, he leído decenas de páginas que abordan el problema de lo público en la sociedad romana; o he ojeado cientos de páginas acerca de lo público en la sociedad del XIX parisina. En cualquier caso, lo público ha sido el territorio en que los ritos de paso y de iniciación han manejado sus cauces.
Todo esto, aunque muy simplificado, me lleva, cómo no, a pensar en la literatura como un fenómeno que ha adquirido el desprestigio de lo público a través de Internet. Desprestigio porque cualquiera, sea o no escritor en todas sus consecuencias, termina por escribir en una página algún verso moribundo, alguna reflexión paupérrima, alguna secuencia de lo que hizo su hija hace unos meses o el relato de la última feria que vivió a pesar del albero. Esta dimensión pública y social es la que me ha provocado profundas reflexiones acerca de mantener en vivo estas líneas casi a diario. No es lo mismo para la sociedad mantener un diario, un cuaderno íntimo que una bitácora en Internet. No entiendo las distinciones formales, no las comprendo. la escritura es una y es toda, sea cual sea su forma de transmitirse.
Por eso no entiendo que algunos escritores digan que, una vez llegado el verano, abandonan sus bitácoras. Para mí sería algo impensable. La escritura y la lectura no entienden de estaciones.

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El lector de hoy es un lector mudo y ciego que sólo atiende a las páginas que tiene por delante. Ha conseguido reconcentrarse en sí mismo, a pesar del ruido eterno del gentío. Lee uno en el tren, en la plaza, en un café donde se citan las más diversas conversaciones y lo hace teniendo en cuenta la circunstancia. Hay quien lee mientras camina. A pesar de todo, hay que leer. Mientras se camina o mientras se almuerza. Por ejemplo, no puedo almorzar sin leer, sin tener a la vista alguna página o alguna noticia de periódico. Ayer, por ejemplo, mientras me enfrentaba a un plato de remolachas con cebolla, lechuga y aceite de oliva, leía algunos pasajes de Dante. Cuando me di cuenta, tenía la camisa repleta de sangre, de la sangre que salía de mi rictus boquiabierto por el canto III. La remolacha fue, sin duda, la experiencia del infierno más placentero.