martes, 8 de junio de 2010

Me voy enterrando lentamente en la tierra de estas letras. Nada quiero del resto, si no es amor o eternidad. Nada. Ya no soy más que un suceso. Lo fui desde el principio. Y, hoy, que llevo toda la tarde escuchando a Chopin, es preciso que aclare que también pretendí ser nota fugitiva de un acorde inexplorado. La vida estaba agotada en mí.

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Todavía hay quienes se llaman poetas sin haber leído ni un verso y quienes se piensan poetas habiendo leído muchos. Hay quien dice que es el poeta rebelde que aparece con la bandera de España y con un crucifijo y todavía cree que eso es un gesto en contra de la modernidad que no lo comprende. Y, por supuesto, los que sueñan con las revoluciones en las trincheras mientras degustan el gin tonic al fresco de su chalé.

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Hoy vuelvo al poeta turco Êtneciv: “Escucha la voz que te persigue, en ella habita el que desea nombrarte”.

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Comienzo a anotar algunas impresiones que me causa la estancia en Italia en el mes de julio. Volveré a pasear por algunas calles que me resultan familiares y atrayentes, tanto como la caída de la luz desde una plaza en Florencia. Quizás, todo esto no sea más que un sueño atrofiado y nunca estuve en Italia, ni atravesando los puentes milenarios ni recorriendo los ángulos renacentistas de sus entrañas.
El viaje comenzará sin M. y eso, desde luego, será una variante que antes no había formado parte del viaje. Será sin M. pero todo girará hasta el encuentro, como si esa circunstancia fuera una fuerza teleológica o la clave de bóveda de estas palabras.
Al tiempo, iremos a Londres. La lengua, la luz, la piedra cambiarán hasta ocultar todo resquicio del sereno lenguaje italiano. ¿Cómo será ese desquite?
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En verano, mi abuelo Cristóbal solía usar una de esas camisetas interiores de algodón sin mangas, pero repletas de pequeños agujeros. Lo hacía sin disimulo. Le encantaba jugar a las cartas mostrando sus brazos morenos al levante que azotaba en aquellas casetas familiares de los años ochenta que en Sanlúcar ofrecían un paisaje inolvidable. En esas casetas, que contaban con una cocina completa y con todos los artilugios posibles, era mi abuela quien se mostraba más decidida para organizarlo todo. Todo el que la veía, se sorpeendía por la vitalidad de sus gestos.
Hace unos días la he visto. Comencé a hablarle con esa espontaneidad que siempre le ofrezco. Y cuando me miró, a sabiendas de su pérdida de fuerzas y gallardía, rompió a llorar, sin más ni más. Nunca he visto un lloro tan limpio por la ausencia del hombre en el hombre, nunca. Nunca un verso dirá esa conciencia preclara que se anuncia como dos monedas antiguas sobre los ojos. Todavía retengo, cargado de emoción, el brillo de sus lágrimas.
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