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Otro trovador enigmático es Jaufré Rudel de Blaya (…1125-1148…) que comenzó a escribir versos a una amada que jamás vio, pero de la que hablaban de ella los peregrinos de Antioquía. Tal era su deseo de ver a la amada, que se hizo cruzado y embarcó muy enfermo. Fue llevado a Trípoli y una vez allí, le hicieron saber a la condesa que Jaufré estaba por esos fueros. Ella, la amada jamás contemplada, fue al lecho y lo tomó en sus brazos. Cuando Jaufré tomó conciencia de que era ella, su amada, la que lo asistía en el lecho de muerte, se dice que recobró el oído y la respiración y comenzó a espetar súplicas a Dios. Cuando murió Rudel, la condesa se hizo monja por el dolor de esta muerte. Uno de los poemas que vuelvo a leer de Jaufré Rudel se titula “Cuando el río de la fuente”.
Esta historia bizantina, leída en estos tiempos de desvelo emocional, resultan fascinantes y literarias, cargadas de la fabulación de los tiempos antiguos.
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Recurre a menudo Casanova en su Historia de mi vida a la cita de los estoicos que escribió Virgilio en la Eneida, III: Fata viam inveniunt. La recuerda una mañana en que el tribunal lo encuentra en su casa en Venecia y le requisa los papeles que estaba escribiendo. Todo lo esto lo hace cuando recuerda su visita al señor de Bragadin, al anciano que le había recordado las palabras de Virgilio: “El destino sabe guiarnos”. Ya sonaba entonces, en la puerta de roble, los golpes del señor Messer grande que lo requisaba para llevarlo al tribunal.