jueves, 10 de junio de 2010

¿Si un mono agarra dos huesos y comienza a golpearlos contra un tronco, tiene la conciencia de estar creando música? ¿Por qué algunos se empecinan en escribir varias líneas en horizontal y en decir que hacen poesía?


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Hay un trovador llamado Guilhem de Peitieu (1071-1126) que me resulta un poeta excepcional. Todos los poemas de este conde de Poitiers encierran un tono burlesco que se emparenta con su propia vida, ya que era un burlador de damas y un fabulador de hazañas amorosas. He releído el poema titulado “Haré una poesía sobre absolutamente nada” y he imaginado que no era de este trovador de hace siglos sino de, por ejemplo, Pessoa. Escribe, por ejemplo, que al amor le ocurre como a la rama del espino blanco, que tiembla en el árbol por la noche, con la lluvia y el hielo hasta que amanece. Y amanece justamente sobre la rama del espino que cada tarde observo, porque con estos versos he descubierto el amor latente en la verdura de la naturaleza.


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Otro trovador enigmático es Jaufré Rudel de Blaya (…1125-1148…) que comenzó a escribir versos a una amada que jamás vio, pero de la que hablaban de ella los peregrinos de Antioquía. Tal era su deseo de ver a la amada, que se hizo cruzado y embarcó muy enfermo. Fue llevado a Trípoli y una vez allí, le hicieron saber a la condesa que Jaufré estaba por esos fueros. Ella, la amada jamás contemplada, fue al lecho y lo tomó en sus brazos. Cuando Jaufré tomó conciencia de que era ella, su amada, la que lo asistía en el lecho de muerte, se dice que recobró el oído y la respiración y comenzó a espetar súplicas a Dios. Cuando murió Rudel, la condesa se hizo monja por el dolor de esta muerte. Uno de los poemas que vuelvo a leer de Jaufré Rudel se titula “Cuando el río de la fuente”.
Esta historia bizantina, leída en estos tiempos de desvelo emocional, resultan fascinantes y literarias, cargadas de la fabulación de los tiempos antiguos.

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Recurre a menudo Casanova en su Historia de mi vida a la cita de los estoicos que escribió Virgilio en la Eneida, III: Fata viam inveniunt. La recuerda una mañana en que el tribunal lo encuentra en su casa en Venecia y le requisa los papeles que estaba escribiendo. Todo lo esto lo hace cuando recuerda su visita al señor de Bragadin, al anciano que le había recordado las palabras de Virgilio: “El destino sabe guiarnos”. Ya sonaba entonces, en la puerta de roble, los golpes del señor Messer grande que lo requisaba para llevarlo al tribunal.