domingo, 20 de junio de 2010

Preparar un viaje conlleva estudiar qué lecturas formarán parte del mismo. Así, este ejercicio homérico, en que literatura y viajes confluyen al unísono, me sirve para revisar qué traducciones y qué biblioteca poseo y qué desconocimiento absoluto posee uno de la historia de otras zonas del mundo. Lo primero que hago es comprobar qué hay en las baldas en relación a Dante y me quedo con la sensación de que no cuento con una excelente traducción de las obras del autor de la comedia. A continuación repaso Petrarca, Castiglione y alguna que otra antología de poetas renacentistas. Así, de continuo, revuelvo por otros autores, otras lenguas, otras latitudes.
Viajar es convocar en una biblioteca las lenguas ajenas, los autores que concurren en otros países y que son desconocidos. Viajar es un ejercicio de conocimiento profundo, de interiorización de la lectura y la escritura. Porque, cuando uno escribe en un país extraño o llevado por la fuerza natural y cívica de un lugar, parte del sujeto queda enredado en aquellas piedras. Como un eco liviano y desnutrido, pero existente.

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Me acuerdo de un libro de Stendhal titulado Roma, Nápoles y Florencia editado recientemente en Pre-textos. El traductor y encargado de la edición, Jorge Bergua, nos aclara en el prólogo que el viaje de Stendhal por Italia es totalmente ficticio y que ninguna de las fechas se corresponden con su biografía. Este dato, más que sorprenderme, me hace reír, reír desmesuradamente, porque mantengo, desde hace un tiempo, que el viaje sustancia la ficción en otro grado, porque dimensiona la ficción más allá de las particularidades de la vida del escritor.
Stendhal se inventó su viaje por Italia y ni siquiera dedica más de veinte páginas a Roma. Se centra en Bolonia y en Milán. Sin embargo, abro el volumen al azar y lo primero que leo son unas apreciaciones sobre Roma. "Aquella mañana, después de las voces en la calle, decidí..."

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Frente al Coto de Doñana, ayer por la tarde, la luz iba entregándose, mansamente, al contorno de los árboles. Quería agazaparse en las líneas del horizonte, donde el río se matrimonia con el océano. El cielo, cruzado por el vuelo de las aves, se presentó tamizado por una amarillo anaranjado y melancólico de branquias. A lo lejos, casi sin percibirse, las nubes desalojaban el horizonte claro y diáfano. De pronto, el fresco del poniente. La noche entera seduciendo los lagares del alma.